31 diciembre, 2010

El regreso


- ¿Que tal el viaje? Parece que llegas muy cansado, demasiado serio, no sé…, como si te hubiera ido mal. ¿Es por el frío?
Él se encoge de hombros y cae desplomado sobre la cama, como exhausto.

—¿No estarás enfermo…?
...Silencio...
Ella deja de recoger las prendas de abrigo que él había dejado con su habitual descuido. Se vuelve le mira con ese modo suyo de mirar, como si los ojos fueran caricias. Empieza a preocuparse seriamente.
—¿Qué tienes, qué te ha ocurrido…?
Él sigue encerrado en su mutismo. Para acentuarlo más, cierra los ojos con fuerza, como si ella pudiera descubrir sus pensamientos asomándose a sus pupilas.
—¿No contestarás en toda la noche?
(…)
Por fin, ella se acerca hasta donde está él y poniendo el anverso de la mano sobre la frente, respira algo más aliviada.
—Al menos no tienes fiebre… ¿Es cansancio? Ya no estás para tanto jaleo. Alguien debería relevarte. Dar paso a los jóvenes.
Él toma la mano de ella, que se había quedado sobre su sien, distraída y plácida. Se la acerca a los labios y la besa.
—No, querida, no ocurre nada. Se me pasará. No es nada.
Ahora ella calla. Sabe que si ha abierto la espita de las palabras es mejor dejarle a su aire. Poco a poco, como mariposas tímidas, comenzarán a revolotear por la habitación. Aunque se impacienta porque tarda más de lo preciso, como si las palabras transitaran con muletas el sendero que va del cerebro a las cuerdas vocales.
—Ocurrió a última hora. Casi cuando regresábamos. Ya habíamos dejado todo ordenado, en cada lugar su correspondiente encargo. Perfecto.
A medida que hablaba, algo en su voz se hacía más oscuro, como si viniera envuelto por una penumbra fría y viscosa.
—A nuestras espaldas oímos un ruido, como un saco de patatas que caía desde cierta altura.
Ella, con la mano que le quedaba libre, acariciaba su cabello blanco, pero seguía sin preguntar. Mejor no interrumpir.
—Ya sabes que no podemos detenernos, una vez cumplida la misión, para no ser descubiertos. Pero me di la vuelta… Ojalá no lo hubiera hecho.
De nuevo un pellizco de angustia se columpiaba en el estómago de ella.
—Y allí estaba, allí la vi, estrangulada, mientras él, al darse cuenta de mi presencia aseguraba gritándome que acabaría conmigo si se me ocurría denunciarle…
Ella se llevó las dos manos a la boca, sujetando un grito que se le escapaba. Estuvo a punto de preguntar lo que había hecho él, pero se contuvo.
—¿Quién creería a Santa Claus si denuncia un asesinato?
Y ambos callaron durante mucho tiempo, mucho.