16 diciembre, 2010

¡Menos mal!



Parecía que estaba oscuro, pero no tenía muy claro si lo estaba de verdad o es que aún me deslumbraba el resplandor de las luces de la calle.
Esperé casi un minuto para que la vista se acomodara a la penumbra que envolvía la habitación. Pues no, no parecía tan negra la cosa, empezaba a distinguir cada uno de los objetos que había a mi alrededor, incluso los pequeños detalles, como el dibujo del sofá que quedaba a mi derecha. Pasé la vista por encima de todo lo que llenaba la habitación, había algo que me resultaba familiar y no terminaba de saber lo que era.
Había entrado por casualidad. Llevaba dando vueltas un buen rato buscando que regalar a la familia en estas navidades y no había tenido mucho éxito, así que pensé que algo caliente me serviría para que la imaginación se estimulara
 y terminar con aquello de una vez.
Me senté en una mesa que me permitía ver el exterior a través de una enorme cristalera y enseguida alguien me preguntó si quería algo. – “Un cortado, gracias”. Revolví en mi bolso hasta encontrar mi libreta de notas con la idea de repasar lo que meses atrás había ido anotando como posible salvación en aquello de cumplir con la formalidad de los festejos. De repente una cara familiar pasó al otro lado del cristal que me separaba del mundo exterior. Casi se me cae el bolso, la libreta y hasta yo misma. Lo que había fuera, ¡no era la calle! Instintivamente se me abrieron los ojos y mi boca casi deja escapar un grito. Aquello que veía era el hall del instituto donde yo trabajaba. Por él pasaban, camino de sus clases, alumnos y profesores. Algunos, volvían sus caras hacia mí y me saludaban.
Yo no sabía qué hacer. Miraba hacia el interior de lo que yo creía una cafetería y hacia el exterior que yo había confundido con la calle. Cerré los ojos con fuerza pensando que me había quedado traspuesta…pero dónde ¿en la calle? ¿en el trabajo? Quizás estaba tan cansada que me había echado una cabezadita en la sala de profesores y ahora me despertaba creyendo que estaba en vacaciones ya, con las compras navideñas, o al revés, esto era una pesadilla que me había devuelto al instituto a pesar de estar de vacaciones. No sabía cuál de las dos opciones era la verdadera, pero lo cierto es que no me gustaba ninguna de las dos, parecía todo tan real…
Decidí salir a comprobar dónde estaba. Me giré para pedir la cuenta y cuál fue mi asombro al ver a mi lado a Carlitos. Aquello era más grave de lo que yo creía. ¿Cómo era posible que el alumno más coñazo que tenía estuviera a menos de cincuenta centímetros de mí, sonriente con un platito que tenía el ticket de la cuenta encima? Si estaba en la calle ¿qué hacía aquel enano allí? Y si estaba en el trabajo ¿qué hacía Carlos con la cuenta en la mano? Como pude, cogí el monedero y puse una moneda de 2€ en el plato y salí del local sin esperar el cambio. Una vez en la calle, vino el segundo susto. Ya no estaba lo que yo había visto a través de la ventana, ya no habían alumnos ni profesores. A primera vista estaba en lo que parecía un parque, pero un parque con pocos árboles y demasiado mobiliario para poderlo considerar así. Parecía como si alguien hubiera acondicionado una zona de jardines con sus paseos y todo y lo hubiera convertido en una vivien! da. Había puertas, ventanas, sillas, mesas con sus lamparitas, sillones…
Aquello no me gustaba nada. Sabía de compañeros que por causas desconocidas y de la noche a la mañana, terminaban con depresiones y ciertas paranoias con alumnos que eran una auténtica tortura. Pero yo no, eso no me podía pasar a mí. Esto tenía que tener una explicación lógica, solo debía encontrarla y mientras caminaba con la intención de parar a alguien para preguntar dónde estaba, tropecé con una de las mesitas, de las que tenían lamparita encima y un vaso con lo que parecía agua. Algo mojado, húmedo salpicó mi cara. Cerré los ojos y cuando los abrí, unos ojos redondos, enmarcados por una cara peluda me miraban fijamente, y de nuevo, Kiara, mi perra, me daba otro lametón para que me despertara de una vez y le pusiera su comida.

Texto: Margarita Mª Dorta Ramírez