15 diciembre, 2010

Retrato de sí mismo



Al día siguiente apenas recordaba la noche anterior. La habitación apestaba a resaca y un vómito se retorcía en la alfombra como si tuviese vida propia. No era difícil imaginar lo que allí había sucedido pero era incapaz de reconocer el lugar. Todo estaba cubierto con mantas y había un pequeño baúl barnizado en la esquina del salón. Encima de la mesa una cajetilla de tabaco. Un vibrador rosa dominaba aquella fracción de espacio. Volvió la cabeza y allí estaba ella. La desconocida. La amante perfecta.
Le gustaría saber su nombre o dónde trabajaba pero solo era un sentimiento pasajero.
Siguió deambulando por la casa. Cuando ya se había alejado de la habitación empezó a sentirse vacío. Abrió la puerta que tenía enfrente y de pronto se sintió egoísta. Un espejo colgaba de lo alto de la pared. No tuvo más remedio que mirarse y se encontró.
Aquella era su casa.
Y aquella su mujer.


Texto: Iria López Fernández