18 diciembre, 2010

Tocando con los ojos



No puedo definirla de otra manera… Tras su sonrisa demoledora, por momentos incluso apabullante, subyace una dulzura que te obliga a reconsiderar si quisieras encontrarte siempre bajo el influjo de su mirada o, casi mejor, no recordar siquiera en dónde estás y dejarte transportar por la suavidad de su tono de voz, sintiendo cómo te toca con esos ojos de color indescriptible.
En ella conviven un conjunto de dualidades que te hacen vivir una continua montaña rusa emocional, mordisqueando tus tobillos con la duda permanente de con cuál de ellas quedarte: ¿será la fragilidad-fortaleza que tanto me atrae o la inocencia-picardía que tanto me desconcierta?
En todo caso, creo que no renunciaría a ninguna de sus maravillosas características, pues he constatado que el conjunto resultante alcanza unos niveles de seducción y atracción de los que ni ella misma es consciente. Simplemente se trata de perderse en el recorrido del deseo; de ese deseo de ser mirado por sus ojos, de ser inundado por la luz cuando se ríe, de poder identificar su presencia con el mero atisbo de su olor… En definitiva, el deseo de poder cerrar los ojos y averiguar, anclado todavía a este mundo, a qué saben sus labios.

Texto: Miguel Ángel Díaz Fuentes