23 enero, 2011

Duda

El ruido era bastante incómodo y no tenía ni idea de dónde venía. Intenté hacer como que no lo oía y me di media vuelta, pero por mucho que lo intentaba no lograba sacarlo de mi cabeza.
Pensé que si abría los ojos, igual lograba identificarlo y de paso eliminarlo, pero cuando lo intenté los párpados se negaron rotundamente a hacerme caso y como es normal me asusté. Moví las manos despacio buscando algo que me indicara donde estaba, pero por mucho que alargaba el brazo no encontraba nada que me fuera conocido, solo estaba el tacto suave de una sábana o de una manta de franela, de esas peluditas que son tan calentitas. Decidí entonces cambiar el rumbo de la búsqueda y pasé a tantear los laterales. Pensé que era mejor intentarlo primero con la derecha y en función de lo que encontrara lo haría después con la izquierda, por aquello del miedo a lo desconocido y por precaución, quizás un tanto excesiva. No me arrepentí. Si bien a la derecha solo había una especie de pared, en el lado izquierdo mis dedos tropezaron con lo que me pareció la pernera de un pantalón, un pantalón de pana. Retiré la mano con cuidado y volví a intentar abrir los ojos, pero de nuevo, algo me lo impedía. Era como cuando te pones las manos en la cara, sobre los ojos, e intentas abrirlos y las palmas de las manos no te dejan.
Respiré profundamente intentando no perder la calma y recopilé toda la información que tenía: estaba acostada durmiendo, tenía
una manta que me tapaba, había una pared a mi derecha y alguien a mi lado. Algo que no estaba bien. En mi cuarto, aunque era pequeño, había cierta distancia entre el borde de la cama y la pared, lo de la manta o sábana estaba bien, me había comprado unas sabanas de franela y las había puesto hacía unos días, pero lo de tener a alguien a mi lado, de eso no era consciente ¿había invitado a alguien y no lo recordaba? ¿qué había pasado la noche anterior?
Poco a poco el resto de mis sentidos empezaron a dar señales de vida. Lo primero fue la sed que tenía, lo cual era normal en mi cuándo me despertaba. El oído también se puso en funcionamiento y percibí una, dos y hasta tres conversaciones distintas, lo que me llevó a pensar que no estaba en mi cuarto. No supe que hacer y además no podía decidir si aquello era tranquilizador o no.
Alguien puso la mano en mi hombro y susurró en mi oído: “señora, por favor, le agradecería que pusiera el asiento en posición vertical y se quite el antifaz, aterrizaremos en un momento”. En ese momento mis sentidos se despertaron completamente, mi cuerpo se tensó y la realidad se hizo patente. Me quité el antifaz que me había puesto para dormir un poco y la claridad que había en el avión me cegó momentáneamente. A mi lado un señor, con cierta cara de susto pasaba sus ojos de los míos a mi mano con cierto nerviosismo. Me puse colorada recordando mi incursión hasta su pierna, pero el hecho de que ya nada impidiera que mis ojos se abrieran y que me fuera de vacaciones hizo que una sonrisa apareciera en mi cara y me despertara definitivamente.


Texto: Margarita Mª Dorta Ramírez