06 enero, 2011

En la cueva de hielo



Capítulo 4
Morgana se sienta en el borde del estanque. El médico le ha prohibido estar en contacto con la humedad porque dice que empeora su reúma.
Pero ella no tiene reúma, está prisionera en un cuerpo que se desmorona día a día, en un cuerpo que no es el suyo, y el dolor que siente es el del que empuja con todas sus fuerzas las puertas de su prisión, aun a sabiendas de que no logrará abrirlas.
Sentada junto al agua, ensaya sus ensalmos.
Remueve la superficie del agua con los dedos, crea círculos concéntricos, coloreados por el sol de la tarde.
Los círculos se agrandan a medida que incrementa la velocidad de sus manos y su pensamiento.
Entre las ondas surge su figura, su auténtica figura, temblorosa y desdibujada en un principio, nítida después.
Sus cabellos vuelven a ser negros, su piel tersa, la luz de sus ojos, avasalladora.
Hurga en el interior de un caldero, que bulle con explosiones magenta y doradas, extrae de él un báculo corto, de pomo en forma de cabeza de carnero, que chorrea el líquido humeante y fulgura en sus manos.
Morgana lo eleva sobre su cabeza, lo orienta a los cuatro puntos cardinales y clama
Por el viento del Sur, que la vida se seque a tu alrededor.
Por el viento del Este, que tu mente no conozca el descanso.
Por el viento del Oeste, que tu cuerpo permanezca en la eterna quietud.
Por el viento del Norte, ¡que el hielo sea tu eterna prisión!
La estancia gira, una nube de hojas y polvo la rodea, Morgana refulge en la penumbra, la encuadran los destellos que emite el cetro, el cabello revolotea a su alrededor, la hechicera se eleva sobre el suelo, henchida de poder.
En algún lugar, lejos de allí, oculto a los ojos de los hombres, Merlín lucha
con toda la potencia de su magia y su voluntad contra la fuerza irrefrenable que agarrota sus miembros y lo enclaustra en un gran bloque de hielo, blanco y azul, terrible, pétreo, impenetrable.
La victoria la emborracha, gira sin fin en una espiral de gloria perversa. Merlín ha claudicado, el maestro, derrotado por la alumna, el todopoderoso, anonadado.
El poder de quien manejó a su antojo animales, elementos y voluntades al servicio de sus propios valores, ahora es suyo.
Las risas de quienes se burlaron de ella en su infancia, que la relegaban por sus habilidades con la magia, se acoplan ahora a su risa, ahora es Morgana quien ríe. Y lo hará por siempre.
Desde el interior de su cárcel de hielo, Merlín sueña con el momento en que logrará romper el cerco helado que lo aprisiona.

Anochece casi sin sentirlo. Los círculos en el agua se confunden entre sí, gris sobre gris. La figura de Merlín irrumpe en ellos carnal, sólida, humana.
Morgana se sobresalta y en una fracción de segundo regresa a su mundo prisión. Deshace los círculos, aparta sus dedos del agua.
–¿No tiene frío, señora Maruxa? –Mireia no se acostumbra a llamarla “tía”–. Es casi de noche y mire qué manos tan heladas tiene…
Se ha sentado a su lado, su silueta se refleja en el agua oscura junto a la de la maga. Le toca la mano, fría y amoratada.
Morgana ruge en su interior.
–¡Merlín!
Se sacude de ella, aparta la mano con cólera manifiesta. Mireia se echa atrás, se separa unos centímetros de la anciana, que la mira con rabia a través de sus ojos nublados.
–No quería haberla incomodado, señora… tía Maruxa… –inicia una disculpa.
–¡Ese no es mi nombre!
–¿Y cuál es su nombre, pues?
Morgana se estira en su asiento todo lo alta que es, el dolor ataca cada uno de sus huesos enfermos, la mira sin parpadear, sisea una respuesta.
–Tú me conoces, sabes quién soy, igual que yo te conozco a ti.
Mireia sabe que no se refiere a su cargo como directora, sabe que sus palabras esconden una clave que solo la anciana conoce, una clave que alimenta alguna historia en su mente enloquecida, pero se levanta y le tiende una mano para ayudarla.
–Vamos…
Cerca de ellas, los auxiliares van recogiendo a los últimos residentes que aprovechan el cálido ocaso para disfrutar un rato más del exterior.
La anciana se levanta por sus propios medios, con actitud arrogante, se planta frente a ella y declama con toda la potencia de su voz senil
¡Viento del Este, Viento del Oeste, yo os convoco!
¡Viento del Norte, Viento del Sur, acudid a mi llamada!
La brisa que remoloneaba entre la arboleda arrecia y deja paso a ráfagas violentas de un viento frío y seco. Las aguas del estanque se encrespan y salpican a las mujeres, que se tambalean ante las acometidas del aire.
–¡Cuidado! –grita Mireia, echando mano a la anciana para sujetarla, pero ella se revuelve, la esquiva, se aparta.
¡Viento del Este, Viento del Sur!
Mireia se aferra al pedestal que sostiene una estatua que remeda una diosa clásica. El viento es cada vez más violento, la zarandea, la golpea con pequeñas ramas y piedras que levanta a su paso, la ciega en su potencia.
¡Viento del Oeste, Viento del Norte!
El aire se arremolina en su cuerpo, la azota sin pausa. La estatua oscila y cae al suelo, junto a ella, sin llegar a rozarla, rompiéndose en dos. La impresión del impacto hace que se suelte y rueda, empujada por una ráfaga inmisericorde hasta chocar con la base de uno de los asientos de piedra que rodean el estanque, alternando con las imágenes de dioses.
El dolor es terrible, siente cómo las costillas crujen contra el granito, apenas puede respirar, pero se aferra al saliente del banco mientras los fragmentos que levanta el viento la azotan.
A través de sus ojos entreabiertos, Mireia distingue a la anciana, en pie junto al estanque, en medio del huracán, resistiendo sus embates, erguida, con los brazos el alto, las palmas dirigidas hacia el lugar en que ella se encuentra, agitándolos en un movimiento circular, los cabellos entrecanos sueltos sobre los hombros, alborotados por el viento, iluminada por un resplandor extraño que surge a sus espaldas.
No puede ver con claridad, el polvo y la violencia del aire se lo impiden, pero la visión de la mujer, menuda, tan frágil en apariencia, que se desafía las fuerzas que se han desatado a su alrededor, le causa espanto. Es antinatural, no debería poder resistir, ella apenas puede seguir aferrada a su asidero. Pero el viento parece respetarla, sopla en círculos que la engloban sin dañarla. Quiere gritar pero necesita sujetarse al banco para no ser arrastrada por la corriente, que se hace más y más intensa, más cargada de detritus, más fría.
Dos auxiliares llegan corriendo hasta ella. Rechazados por la corriente, que semeja formar un túnel sólido de aire y hojarasca en cuyo centro se encuentra la directora, aferrándose a cuanto encuentran, arrastrándose para atravesar el muro huracanado que los separa, logran asirla por el tronco, la apartan de su asidero, entre gritos, y la tumban en el suelo, debajo de sus cuerpos, para protegerla.
En cuanto los hombres entran en el círculo, igual que vino, el viento se retira, con un silbido ominoso, dejando un reguero de hojas muertas, piedras caídas, rosales y árboles destrozados.
Ha debido de ser un pequeño tornado, balbucea uno de ellos cuando, más para calmarse a sí mismo que para dar una explicación a los demás, parece haber amainado el peligro. Se levanta del suelo y la ayuda a incorporarse, magullada, lívida.
Echan un vistazo en derredor: ninguno de los residentes ha sido alcanzado por el viento, todo permanece incólume a su alrededor. Solo el rincón junto al estanque aparece devastado.
La tía Maruxa ya no está ahí.
Continuará…