05 enero, 2011

Una noche color violeta



Tengo una particular relación con el color violeta. La visión de ese color me repercute en la memoria. Yo tenía un coche violeta por un lado y rojo por el otro. Hace muchos años. Tantos que ni me acuerdo. De todos mis juguetes, ese se me ha quedado en la memoria como mi favorito. Recuerdo otros juguetes, pocos. Pero sólo ese ha tenido el honor de ser el favorito. Pese a que únicamente me recuerdo jugando con él en un lugar de la casa de mi abuela, probablemente un solo día. En ningún otro sitio. Solo allí, ese instante. En un pasillo a cielo descubierto. No tengo ningún recuerdo de juguetes en mi casa de las Palmas, a pesar de que en ella vivíamos la mayor parte del tiempo. Los fines de semana y las vacaciones, es decir, cuando éramos libres, los pasábamos en la casa de mi abuela. Por eso casi todos los recuerdos de mi infancia son de casa de mi abuela. Todas las aventuras de infancia las viví allí, con mis hermanos, y con los vecinos: Paquito y Martín. Si recuerdo algún amanecer de gallos, es en el patio de la casa, y a mi madre, rodeada de gallinas, explicándonos lo que decían los gallos: “Cristo ya está aquiiii”, “Cristo, ya llegooo”. Y ¿qué sería de mi adolescencia sin mis primas, que vivían en las proximidades?
El día de Reyes lo pasábamos en la casa de mi abuela. Los Reyes Magos nunca se equivocaban porque mis padres se iban a Las Palmas para avisarlos. Las emociones también se recuerdan y también se olvidan. Las mías casi se han apagado ya, los nervios de la noche anterior, el ansia por acostarnos pero la imposibilidad física de quedarnos quietos y dormir. El despertarnos a oscuras y avisarnos unos a otros para ir juntos en busca de los zapatos. Todo eso que me limito a mencionar, ya no lo recuerdo más que con la mente. Nunca, en todo el año, madrugábamos tanto como en día de reyes. Mi padre se levantaba enfadado con una zapatilla en la mano y nos pastoreaba de vuelta a las habitaciones. Pero nos volvíamos a levantar y nos arrastrábamos por el suelo y gritábamos susurrando y robábamos los juguetes y nos volvíamos, cada uno el suyo, con ellos a la cama, a esperar que el maldito sol se levantara de una vez. Y cantaba el gallo, despistado, a las cuatro de la mañana y allí que saltábamos gritando y mi padre volvía a levantarse. Años después, era él el primero que se despertaba y abría la puerta de la habitación y gritaba “Día de Reyeees”, y éramos nosotros los que le gritábamos que se callara y le lanzábamos la zapatilla por haber encendido la luz. Después nos levantábamos por pena de él que echaba de menos aquellos viejos tiempos. Pero ya no era igual aquella reunión entorno a los zapatos, las sonrisas cohibidas desenvolviendo los regalos, casi indiferentes. Nosotros también echábamos de menos los viejos tiempos. Cuando cualquier cosa ilusionaba, aunque nunca coincidiera con lo escrito en la carta.
Un año apareció ese coche. Violeta por un lado y rojo por el otro. En la parte de delante tenía un mecanismo que le permitía, al chocar contra un obstáculo, levantarse, empujado por las voluminosas ruedas traseras, hasta ponerse casi vertical, y luego caer por el otro lado y seguir andando alejándose. Era un coche con dos caras, ahora rojo, ahora violeta. Me maravillaba verlo moverse de pared a pared. Incansable: ahora violeta, ahora rojo. Y vuelta otra vez. ¡Qué estupidez! Con qué cosas se entretienen los niños. Me fascinaba aquel color violeta. Tanto que se me quedó en la memoria. Y me entra melancolía cuando veo ese color en cualquier parte, en una pared, en un libro, en un coche de juguete.


Texto Ricardo J. Pérez García