09 febrero, 2011

Hay una niña en mi salvapantallas

Hay una niña en mi salvapantallas. Va en bicicleta con dos niños por una playa blanca de aguas transparentes. Su nombre es Matsishi y es la mayor de seis hermanos que vinieron al mundo casi de seguido como si una lazada continua e infinita de vida se hubiese anudado entre el útero de su madre y la tierra de Zanzíbar. Mientras fuesen ambas fértiles, su madre y la tierra, nada podría romper esa firme unión y la descendencia y buen nombre de la familia estarían asegurados.

A sus cortos doce años, Matsishi sabía ya el nombre del que sería su futuro esposo y cuál sería su oficio cuando fuesen ellos los herederos y responsables de prolongar la saga de los Mnuonsese. La pesca les traería la prosperidad, la posibilidad de integrarse y ser reconocidos, al igual que lo son ahora sus padres, en la pequeña aldea de pescadores en la costa oeste de la isla. Ella se levantaría con el alba, encendería el fuego y se apostaría en una esquina de su casita de adobe para machacar la pasta de coco de la que reservaría una porción para la larga jornada en altamar de su marido. Luego se ocuparía de su prole y de arreglar un poco la casa, sin prisas, con todo el día por delante para esperar, reposando en el escalón bajo la sombra del Baobab, que los gritos de los niños anunciasen el regreso de su esposo. Luego se sentaría a su lado en la cena para preguntarle discretamente acerca del trabajo, del mar, de esa porción de mundo que la aterraba y a la ! vez intrigaba y tras esto poner su cuerpo al servicio de sus deseos.


Matsishi conocía bien su destino, que había sido el mismo de su madre, su abuela y de quién sabe cuántas generaciones de mujeres anteriores. Sin embargo había algo en el abismo de su mente que la oponía a predestinarse de esa forma. Había observado a su madre en silencio durante años mientras amasaba, limpiaba y esperaba; había visto a otras muchachas de la aldea, otras niñas casi mujeres al igual que ella, casarse forzadas por la tradición; había ayudado a traer al mundo a una decena de niños, y en los ojos de todas aquellas mujeres, partícipes y protagonistas de cada una de estas historias había percibido el mismo estremecedor sentimiento de angustia, tristeza, resignación.


Ella quería vivir una historia diferente, como la de las mujeres blancas de la playa que llegaban en los pájaros de acero, que se sumergían sin miedo, casi desnudas en el mar y que sonreían al verla pasar por la playa en su bicicleta camino de la escuela. Matsishi sabía que detrás de todo ese agua que traía el alimento a su familia, y después de todo aquel cielo que acababa en una difuminada línea donde hundirse en el mar había un mundo diferente donde las mujeres hablaban con los hombres de igual a igual, donde descubrir su rostro y su pelo al viento, donde enamorarse, poder elegir y ser ella misma.


Hay una niña en mi salvapantallas. Va en bicicleta con dos niños por una playa blanca de aguas transparentes. Quizás me vio aquel día y pensó que a ella también le gustaría salir de su aldea y conocer el mundo de la mano de alguien que hubiese elegido. Lo que no sabe es que la llevo conmigo por ese mundo que quiere conocer y que la veo todos los días, paseando por su playa blanca con la serenidad dibujada en la cara.
 
Autor: Michel Manuel Canet