07 junio, 2011

La enfermedad


Nunca fueron suficientes los años perdidos entre algodones, sin apenas salir de la casa; los rezos diarios; las miles de horas vigilantes; las pesadillas advirtiéndoles de todos los peligros o el celo con que fue educado aquel niño enfermizo. El médico, Don Celestino, fue siempre muy preciso y categórico: al menor síntoma sería necesario ingresarlo en el Hospital, su salud correría un grave peligro.
Con los años, también, se fueron marchando la gente y aquel pueblo fue envejeciendo con los vecinos que quedaron. El niño se convirtió en un hombre, pero sus padres, precavidos, permanecían vigilantes, como hacía veinte años. Al final de la primavera, la savia, al igual que el deshielo hace correr con ímpetu a los ríos entre los cañones, como un torrente, hace brotar con fuerza la naturaleza y la sangre parece descongelarse para volverse caliente. El aire se perfuma y llena a los lugareños de sensaciones indescriptibles.
Su olor a jazmín, dulce y penetrante, le llegó cuando despertaba una mañana. Se asomó a la ventana de su castillo de marfil, la vio subir por la colina, con su pamela achampanada, de la que escapaba su larga cabellera azabache, que ondeaba al viento, alegre y festiva. Sus grandes gafas de Sol cubrían un rostro angelical, cubierto de pecas que salpicaban su blanca piel delicada.
Su corazón dio un vuelco y sus palpitaciones galoparon inesperadamente. Su madre lo presintió y fue hasta su habitación y, tras dar un grito, corrió hasta el teléfono, marcando angustiada las teclas: “!Don Celestino, Don Celestino…mi hijo se ha vuelto a enamorar!

Narración: La Voz Silenciosa