09 junio, 2011

El tiovivo de los recuerdos (2)


Cuando comenzó la rebelión en la casa lo tomó como una guerra. Permaneció día y noche atenta al atentador, pero no consiguió descubrir al autor o autores de tanta tropelía. Por supuesto las sospechas principales cayeron a plomo sobre la desconsolada Consuelo que llorando proclamaba su inocencia. No fiándose de la sirvienta, impuso el estado de sitio e instauró un toque de queda para esta, que la obligaba cada mañana a recitar el disparatado santo y seña que le susurraba al oído cada noche.
Las pequeñas cosas de uso cotidiano no atendían a razones y se saltaban a la torera las medidas de estratega espartano impuestas por Soledad. Reinaba en la casa un sin dios que ni Dios se aclaraba, entre órdenes, contraórdenes, salvoconductos y visados. A pesar del cerco numantino, el motín fue general. Las llaves de la puerta principal amanecían columpiándose muertas de risa en la cerradura exterior de la vivienda. La sal desertó de la pimienta y se refugió en el estante de los condimentos. La vinagre y el aceite decidieron un imprevisto divorcio, hartos de sus densas incompatibilidades. Los cubiertos en un ataque obsceno de libre albedrío concubinaban sin reparos, juntándose cucharas con tenedores, cucharillas de café con cuchillos carniceros. Las toallas, aquejadas de un vértigo repentino, dormían entre las sábanas de hilo del estante de abajo. El grifo del baño chorreaba a destajo sin atender a las razones contundentes de las llaves de paso y sacando de quicio a los audaces fontaneros. Diagnosticó por fin, a pesar de la oposición de Consuelo, que la casa se había asalvajado por su culpa y necesitaba de mano dura para encauzarse de sus desvaríos.
Con látigo de domador de circo y lenguaje de legionario curtido intentó hasta la extenuación poner orden en el caos doméstico. Ante su evidente derrota colgó en el tendedero del patio la bandera deshonrosa de la rendición sin condiciones y cayó en un trance de delirio del que despertó pasada más de una semana.
(Continúa)
Texto: Teresa Liberal Lodeiro
Narración: La Voz Silenciosa