03 febrero, 2011

Tributo


Los más pequeños no dejaban de corretear por la plaza, que estaba abarrotada de gente, ocultándose entre los adultos de sus perseguidores. Los hombres bromeaban y reían entre ellos, disimulando su nerviosismo; las mujeres, en cambio, cuchicheaban con rostros muy expresivos, con sus ojos muy abiertos, mientras se llevaban, angustiadas, la mano al pecho o se tapaban la boca, como si no quisieran que las oyeran; las madres contemplaban con una desconsolada ternura a sus pequeños y a sus hijos mayores sin quitarles la vista de encima, en ese afán protector contra los peligros, siempre amenazantes; a sus hermanos y amigas inseparables; a sus maridos y, de reojo, a sus cómplices amantes; al abuelo, ajeno a todo lo que pasaba; a la abuela, digna y resignada…
El murmullo fue aumentando, como si rebozara, a lo largo de la tarde, cuando el Sol ya caía sobre las montañas del oeste y un viento frío barría las hojas secas del otoño. De repente, se oyó un gran golpe, seco y hueco, que hirió de muerte el lugar y el silencio inundó el pueblo. Las frías calles, que iban hasta la plaza, quedaron enmudecidas. Todos parecieron congelarse, permaneciendo inmóviles. En sus rostros tensos, donde se adivinaban
las venas hinchadas, una mueca de horror se había apoderado de sus caras, en la que colgaban sus ojos enrojecidos y brillantes.
Entonces las sombras se colaron bajo la gran puerta, por la que se accedía al pueblo desde la carretera que cruzaba el río. Veloces y en manadas, subieron por la calle mayor hasta alcanzar la plaza del Mercado y, tras rodearlo, se abalanzaron sobre el gentío de la plaza, arrancándoles a algunas madres de sus brazos a sus bebés o niños enfermos. También, muchos abuelos, que ya lo presentía, corrieron la misma suerte, e incluso hombres y mujeres, jóvenes y fuertes, fueron sorprendidos, siendo arrastrados calle abajo, sin que pudieran hacer nada para impedirlo. Los demás permanecieron petrificados, sólo el balbuceo tembloroso de sus labios y algunas lágrimas violaron la quietud del lugar.
Todo fue muy rápido y cuando volvió a oírse otro estruendo ya había terminado. Lentamente, y apesadumbrados fueron surgiendo los primeros sollozos y gritos de lamentos. La mayoría se arremolinaban en torno a sus amigos y vecinos para consolarlos, como si el calor resurgiera esa tarde en la que el Sol caía sobre el horizonte cubierto de nubes ensangrentadas. Las voces volvieron a brotar escondidas en la noche y pronto surgieron algunas risas mientras los niños volvían a corretear. La vida siguió y una plácida felicidad adormeció al pueblo hasta el año siguiente.
Texto: Marcos Alonso
Narración: La Voz Silenciosa