26 marzo, 2011

Casiopea

Casiopea había nacido una noche en la que una fuerte tormenta azotaba el pueblo donde vivía. Quizás por eso le gustasen tanto las tormentas.Era mucho más de medianoche, cuando su madre se había puesto de parto antes de lo previsto.
Y a mitad de camino hacia el hospital, ella decidió que era el momento de venir al mundo y lo hizo, en la parte de atrás del viejo coche de su padre. Un coche que aunque diecisiete años después, ya no funcionaba, sus padres seguían conservando en el garaje.
Su llegada al mundo fue precedida por un cielo iluminado por cientos de rayos y por el sonido de los truenos. Pero nada más nacer y según su madre, la tormenta cesó.
A Casiopea le gustaba que las tormentas la pillasen fuera de casa, en el bosque cercano. Le gustaba correr por el con la lluvia mojando su ropa y colándose por esta, hasta acariciar su piel. Le encantaba sentir como le mojaba su larga melena negra como ala de cuervo y como algunas gotitas se quedaban colgando de las largas y rizadas pestañas que enmarcaban sus enormes ojos violetas.
Muy pocas personas en el mundo tienen ese color
 de ojos y ella era una de esas pocas. No era un rasgo heredado ya que ni su madre ni su padre los tenían de ese color y tampoco ningún otro familiar.
Cuando era muy pequeña, en el colegio, muchos niños se reían de ella por su color de ojos. A ella eso le daba igual.
Como también le daba igual que la mirasen raro cuando comenzaba a llover y relampaguear en la hora del patio y mientras los demás niños se apresuraban a entrar en las aulas, ella se quedaba en medio del patio con el rostro levantado hacia el cielo y la mirada clavada en los rayos que lo iluminaban. Sin importarle sentir como el uniforme que vestía se empapaba más y más con cada minuto que pasaba.
Casiopea perseguía luciérnagas en las noches calurosas de verano, descalza, sintiendo la hierba y las pequeñas ramitas que el viento traía del bosque cercano, acariciar sus pies.
Le gustaba bailar bajo la lluvia y los relámpagos y detener ese baile cuando la tormenta se alejaba tras las altas montañas y luego contemplar los pájaros agitar sus alas húmedas en las altas ramas de los árboles.
Un día, cambió el bosque por la ciudad y en los primeros pasos por ese bosque de asfalto y acero, la tristeza abrazo su menudo cuerpo y lo atravesó hasta clavarse en su alma. Pero esa tristeza de lágrimas silenciosas y mirada sin luz, un día fue borrada, alejada de ella. Una fuerte tormenta se formo sobre la bahía y con pasos de gigantes fue adentrándose en la ciudad, fue lamiendo con su viento helado las altas construcciones de acero y cristal, los parques llenos de niños que corrían haciendo volar sus cometas mientras sus padres les llamaban para regresar a sus casas. Cometas que muchas veces terminaban enredadas en las copas de los árboles.
La tormenta crecía, se hacía fuerte entre oscuros nubarrones mientras una chica con la nariz pegada al frío cristal de una ventana, miraba el cielo.
Cuando el primer relámpago ilumino ese cielo y el sonido del trueno se dejo oír, Casiopea con una fina chaqueta como único abrigo, cerraba la puerta de su apartamento y corría escaleras abajo incapaz de esperar a que una maquina sujeta por cables de acero la llevase hasta el exterior de el edificio y así poder sentir la lluvia mojar su cabello y poder correr por el parque cercano mientras su ropa se empapaba.
El aire helado y la lluvia besaron su rostro, nada más salir del edificio. Corrió por la acera esquivando personas con paraguas o sin ellos pero cargadas de bolsas de tiendas de ropa y cruzó la calle entre el denso tráfico, también esquivando coches que parecían querer competir en quien hacia más ruido, si ellos o la lluvia que caía sobre la ciudad y se adentró en el parque. Un parque casi vacío. Solo un hombre y una mujer corrían hacia la salida y al poco paraban un taxi a su espalda.
Casiopea echó a correr por el sendero que manos humanas habían construido por aquel parque para disfrute de sus visitantes y a los pocos minutos, se salió de este. Corría por las zonas más alejadas del parque. Zonas que poca gente había pisado. Espacio de frondosos árboles y donde la hierba crecía alta.
A Casiopea nunca le había herido su soledad. Esta la había acunado desde muy pequeña. Era fría pero a la misma vez cálida. Era algo doloroso pero también placentero muchas veces. Era como si un día ambas, la soledad y Casiopea, se hubiesen hecho amigas. Pero en los últimos días, quizás porque extrañaba su bosque, las luciérnagas, el canto de los pájaros por las mañanas mientras desayunaba sentada en el jardín o porque no había habido ninguna tormenta desde que había ido a vivir a la ciudad, a ese bosque de acero, había sentido más hiriente esa soledad, esa amistad.
Y mientras corría por aquel bosque, mientras la lluvia mojaba su vestido y la fina chaqueta, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Pero de pronto, su mirada algo borrosa por las lágrimas, se posó en una figura que corría en su dirección y esta a pocos metros antes de llegar hasta ella, se detuvo al percatarse de su presencia.
Y uno se reconoce en el otro.
Casiopea siente que desde que nació hasta este día, su camino le había conducido a este momento. A mirar a otra persona y de pronto saber que esta, que esa persona que te mira igual de empapado que tú, que parece disfrutar de la tormenta tanto como tú, que te mira fijamente, es lo que siempre has estado buscando, lo que siempre sentías que faltaba, la pieza que completa el puzzle que llevas armando toda tu vida. Y que aunque es la primera vez que ambos os veis, sentís que en verdad ya os conocíais.

Texto: Mer González