15 marzo, 2011

La nota sobre la almohada

He dejado de amarte, decía la breve nota manuscrita que Eva halló sobre la almohada.

Como cada tarde después del trabajo, volvió caminando desde la parada del metro a tres manzanas de su casa; aquel día no había dejado de llover desde media mañana, todavía llevaba el cabello húmedo y la tez helada. Con el papel trepidando entre sus dedos intentó buscar un motivo, aunque solo fuera uno, que diese sentido a esa irracional partida, pero no lo encontró. Nunca llegó a saber si ese adiós definitivo fue por algo que ella hizo o quizá por algo que dejó de hacer; pero la imagen de las perchas alineadas y desnudas en el ropero entreabierto se quedó grabada en su cerebro como la indeleble marca que deja el ácido sobre la plancha de cobre.

En las semanas siguiente Eva pasó del dolor, a la desesperación y a la rabia, hasta que se cansó de hacerse preguntas y de buscar respuestas. Lentamente fue desembocando en una melancolía apagada y añil, replegándose como una lánguida y maleable marioneta de trapo.

Con el paso de los meses y vencida por el insomnio, empezó a delirar y a verse así misma viajando semidesnuda en un sombrío vagón de metro, con la mirada oculta y el semblante triste de una chiquilla abandonada, a la que nadie ha acudido a su fiesta de cumpleaños.

Texto: Pilar Aguarón Ezpeleta
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