20 abril, 2011

Café e infusiones



Nuestra Esférica Ángeles Jiménez ha ganado
el 2º Premio V Certamen de Relatos Cortos,
Ayuntamiento de El Rosario, abril de 2011.

Este es el texto: Café e infusiones

Llaman a la puerta a la hora de comer. A través de la mirilla veo a cuatro hombres que sujetan un cajón de tablones pintados de negro sin lijar, y un quinto que espera con actitud impaciente pegado a la puerta. Abro algo intimidada. El quinto hombre, un tipo alto de aspecto resuelto cansado del mundo, agotado de estar obligado a lidiar diariamente con gente ignorante y torpe como adivinaba también sería el caso, comprueba mi identidad en un trozo de papel gastado que lleva en la mano:
¿Doña Lucía Fuentes?
Sí, soy yo.
¡Vaya, por fin la encontramos! Llevamos años tratando de localizarla para devolverle a su padre.
¿A mi padre? Pero si murió hace veinticinco años.
Precisamente,

¿y nunca ha pensado en él después de eso?
Claro que he pensado en él.
Y entonces, ¿por qué no ha ido a recogerlo?
¿A recogerlo? ¿Cómo a recogerlo? Está muerto.
Pues por eso, no iba a venir él solito, tendría que haber ido a buscarlo hace bastante tiempo, ¿no?
Pero, ¿no se hace cargo el Gobierno de los muertos?
¿El Gobierno? ¡Hay que ver! Siempre así. ¿Y se le ocurre de qué manera iba a hacerse cargo el Gobierno de “todos” los muertos? Es lo que tenemos, así tenemos el trabajo que tenemos. —Habla más para sus porteadores que para mí, a la que considera que no merece la pena dar unas explicaciones que voy a ser incapaz de entender.
Pero yo no he oído nunca decir a alguien que tenga que recoger a sus muertos. ¿Y qué se hace con ellos?
Y yo qué sé, usted sabrá lo que quiere hacer. Bastante hemos tenido con guardárselo durante todo este tiempo. —Y entran en tropel hasta el salón sin invitarlos, agotada la paciencia infinita del airado portavoz.
Bien, ¿dónde lo ponemos?
Eh… bueno, pues ahí, delante de la tele, es donde único hay sitio.
Firme aquí el recibí.
Se marchan sin darme tiempo a recuperar el aliento para más preguntas y me dejan con la caja negra en medio del salón.
¿Y ahora qué hago con esto?, ¿con la caja de mi padre? No puedo dejarla en el salón porque esta tarde vienen unos amigos y no cabemos. Además, cómo sé que realmente perteneció a mi padre lo que queda ahí dentro, tampoco es que me lo hayan certificado. Quizá si la destapo pueda encontrar alguna pista, algún resto que me traiga un recuerdo, pero hace tanto tiempo… ¿Y si no es? Pues la devuelvo, llamo a los del Gobierno y la devuelvo, ¡vaya si lo hago!
No puedo abrirla, está dura, claro, los cierres están oxidados y la madera apolillada. ¡Ah! Tengo que tener cuidado de no acercar la caja al mueble del comedor, no sea que se le vaya a trasmitir la carcoma, dicen que se propaga rápidamente. Mejor espero a que me ayuden después. Lo mismo a mis amigos se les ocurre dónde puedo ponerla.
Vuelven a llamar a la puerta: si es que tampoco me van a dejar tomar café. La mirilla: los bomberos. ¿Qué querrán? La última vez venían a romperme el suelo para buscar una gotera. Pondré cara de sobrada, de hastiada de la vida, como la del portavoz, para disimular que no sé qué hacer con la caja negra. A ver si esta vez me dejan todo intacto. Abro:
¿Sí?
¿Doña Lucía Fuentes?
Sí, sigo siendo yo. —El que habla me dirige una mirada discretamente interrogante que desecha enseguida.
Nos han avisado porque huele a quemado en el edificio y el olor parece salir de su casa.
¿De mi casa? ¡Pero si aquí no huele a quemado! —le contesto con la poca estupefacción que me queda disponible.
¿Que no huele? ¿De verdad que no le da olor a quemado? —ahora el estupefacto es él.
Aquí, no. Será que ustedes tienen ese olor incrustado en el cerebro —le espeto entre ceja y ceja, temiendo lo peor.
¿Y los vecinos también? —insiste arrogante—. Tenemos que entrar a inspeccionar su domicilio, disculpe. —Es el segundo tropel que invade mi salón sin permiso esta tarde, materializando mis temores.
¿Qué hay en este cajón negro? —pregunta, inevitablemente, el que supongo el jefe de la expedición. ¡Buena pregunta!, pienso sarcástica, pero contesto con forzada amabilidad, igual hasta me ayudan a resolver el dilema:
Pues en realidad no lo sé, me lo acaban de traer los del Gobierno. Me dijeron que son los restos de mi padre muerto hace años, pero no lo he podido abrir porque la tapa está atascada. ¿No le parece a usted un poco raro? —Raro sí que me mira el bombero jefe.
Veremos —y lo abren sin resistencia.
Dentro humea un polvo oscuro, como el café recién molido. Me tranquiliza que no sea de color blanco, eso empeoraría aún más la tarde y tengo visitas.
Mmm… ¿Café de contrabando? —me pregunta el bombero dándose por contestado, sin darme tiempo a abrir la boca—. Y recién tostado, todavía humea, ¿en serio que no le huele a quemado? —se empeña.
Mire señor…
Antonio.
Antonio, le repito que yo no he puesto eso ahí dentro, ni siquiera aquí dentro, no lo he tostado, sea lo que sea eso negro, y no, no me huele a quemado porque en mi casa a lo único que huele es al café que me acabo de preparar y que gracias a su visita se está enfriando. —La mejor defensa siempre ha sido un buen ataque, de toda la vida.
¿Que no es café?
Que no sé.
Bien, lo mejor será probarlo, así saldremos de dudas —se le ocurre en un arrebato de brillantez.
¿Probarlo? ¿Cómo que probarlo? ¿Y si al final termina siendo mi padre? ¿Nos lo vamos a beber en infusión? ¡Lo que hay que oír!
Lo cierto es que no tengo una idea alternativa y está claro que Antonio, el bombero, no piensa dejarme en paz si no consigue una aclaración que le resulte convincente. Por tanto, preparo café para dos con aquel polvo caliente. La verdad es que yo también necesito una explicación, así que lo pruebo sin remilgos:
¡Aggg…! Tiene un sabor entre casposo y metálico.
Sí, es cierto, parecen cenizas, las he probado otras veces —comenta entendido.
¡Que las ha probado otras veces!
Claro, es el procedimiento habitual en caso de duda. No hay otra forma de asegurarse.
Entonces, son las cenizas de mi padre recién horneadas lo que me han puesto en la caja. Y ahora, ¿qué hago con ellas?
Ah, yo de eso no sé. A mí solo me interesa lo que se está quemando, no lo que ya se ha quemado. Vámonos, chicos. Que tenga buena tarde, señora.

Estupendo, toda esta tropelía para seguir igual que al principio: con la caja abandonada estorbando en el salón. Aquí nadie se moja, o mejor: nadie se quiere quemar. Ahí te queda el muerto, apáñatelas. ¡Muy fuerte!
La puerta, la vecina Ignacia, la hora del café, paciencia:
Hola, Ignacia —despliego encantadora imponiéndome recordar tantas entrañables conversaciones de descansillo para evitar mostrarle mis dientes afilados.
Lucía, el olor a tu café es hoy tan intenso que me levantó de la siesta, y me dije: voy a saludarla que hace días que no hablamos —imposible detenerla en su afán de promover la exquisita convivencia.
¡Cómo me alegra verte! —exagero.
¡Oye! ¿No has visto tú a los bomberos entrar al edificio hace un momento? —me pregunta con mal disimulada ingenuidad sin poder resistirse más, como si no hubiera seguido las sucesivas visitas a mi casa desde su mirilla parabólica, como si no los alertara ella misma—. La verdad es que también estaba un poco preocupada por si hubieran venido a tu casa, por si te pasara algo —declama sin pestañear.
Dime una cosa, Ignacia, a ti ¿a qué te huele exactamente? —pregunto para ganar tiempo.
A café, ya te lo dije, un poco retostado, es verdad, pero así y todo se nota que es del bueno, del que tú sabes hacer —confirma aduladora, y se queda esperando aclaraciones.
Para no aplazar lo ineludible —va a quedarse estrábica mirando de reojo la caja— voy al grano, nunca mejor definido:
¿A que no sabes cómo hacen los bomberos para saber de qué, o de quién, son los polvos que van encontrando por ahí? —la cojo desprevenida con un golpe directo sin tapujos que la descoloca.
Eh… pues no tengo ni idea.
Los prueban en infusión. Son unos expertos en sabores y texturas, ¿sabes?
La vecina se queda petrificada contemplando la caja con forma de ataúd relleno de lo que cada vez se ve más claro que son cenizas. Quiere aparentar normalidad, pero un ligero temblor en el labio de abajo la delata. Por un momento me pregunto si prevalecerá la curiosidad por saber lo que se ha estado cociendo en mi casa durante toda la tarde o el riesgo del café. Duda, la curiosidad tienta, pero al final la invade un ataque de prisa y se va en ayunas.
¡Ay! Perdóname Lucía, acabo de recordar que dejé la lavadora puesta.
Prefiero que se vaya, para lo que va a colaborar mejor un espectáculo sin público. Así y todo insisto, con cortesía maliciosa:
¡Pero Ignacia, si el café está recién hecho! —Corre a esconderse detrás de la puerta de su casa sin responder.
Esperaré a mis amigos, son muy creativos. Esta tarde van a tener que aplicarse.

A las cinco suena el timbre de la puerta. Esta vez no me disgusta, son mis invitados. Al final decidí prepararles chocolate para evitar suspicacias, aunque no son muy melindrosos. ¡Qué bien!, a pesar del lío de tarde que llevo la mesa me quedó bastante apañada. El único problema es el sitio: con la caja vamos a estar un poco estrechos, a ver cómo nos sentamos.
¡Hola, chicos! ¿Qué tal están? Pasen.
Muy bien, con ganas de conversar —responde Rafa, cariñoso.
Pues yo los esperaba impacientemente. Necesito ayuda para resolver un problema doméstico.
¿Tiene algo que ver con esa caja? —pregunta Alba adivinando el origen de mi inquietud.
Tiene todo que ver con esta caja. Verán, hace un rato unos empleados del Gobierno me la han traído reprochándome haber abandonado los restos de mi padre, que se supone son lo que hay dentro. Parece ser que debí recogerlos después de su muerte y que llevaban todo este tiempo buscándome para devolvérmelos. No sé, me resulta un poco extraño porque yo vivo oficialmente aquí desde hace mucho, incluso me llegan las cartas del Gobierno puntualmente. Seguro que no tienen mucha comunicación entre departamentos, o no están informatizados, debe de ser. El caso es que yo nunca había oído que cada uno tuviera que hacerse cargo de sus muertos, ¿ustedes han ido alguna vez a recoger a un pariente?
¿Cómo que no lo sabías? Lo hace todo el mundo —comenta Rafa—. Yo personalmente no he tenido que recoger a nadie, pero mi vecina Mariela fue el otro día a hacerse cargo de un tío-abuelo que murió atropellado por el antiguo tranvía. Parece que se había despistado.
Al cruzar…
No, de ir a buscarlo.
¡Ah! ¿Y sabes qué hizo con él?
No le he preguntado, pero puedo llamarla… ¿Mariela? Hola, soy Rafa. Te llamo para saber qué hiciste a final con tu tío Teodosio. Me acordé de ti porque estoy con una amiga que le han plantado a su padre en el salón y no sabe dónde ponerlo… ¡Ajá!, vale, se lo comento, me parece una idea estupenda, desde luego que estos del Gobierno lo tienen todo pensado. Gracias, Mariela, un beso.
¿Qué te ha dicho?
Nada, no te preocupes, lo solucionamos enseguida. Dice Mariela que llames al teléfono del reciclaje domiciliario del Ayuntamiento, ese al que avisas para que se lleven los muebles viejos, y que ellos se hacen cargo de todo. Parece que no cobran muy caro.
¿Cómo que no cobran muy caro? ¿Es que me lo traen gratis para luego cobrarme por llevárselo? ¿Y cómo dices, lo van a reciclar? ¿A reciclar para hacer qué?
Mujer, no te pongas así, que no es para tanto. Primero que el Ayuntamiento no tiene nada que ver con el Gobierno, son… como dimensiones diferentes, por eso cobran, es natural, pero me dijo que no era mucho. Lo del reciclado parece que consiste en reutilizar las cenizas para diversos fines, incluso en la industria alimentaria. Me comentó que han creado toda una línea de infusiones exquisitas…
¿Infusiones?, no me lo puedo creer.
Pero no te alteres, ¿no conoces el empuje actual de la cultura oriental? Ellos creen en la reencarnación y esas cosas, imagino que lo habrán pensado como acercamiento cultural. Un asunto diplomático, creo yo.
¿Sabes qué te digo, Rafa? Que no voy a permitir que cualquier desconocido con miras de globalizadora interculturalidad se beba a mi padre, y menos que unos cuantos hagan negocios sin su consentimiento. Si en algún lugar han de hervirse sus restos, pues será en esta casa. Ayúdenme, que lo vamos a colocar en tarritos.
¿Tienes Coca-Cola? —quiere saber Alba.