19 abril, 2011

Los libros de siempre jamás

Hay libros de los que se habla tanto o han trascendido de tal forma lo puramente literario que tenemos la sensación de conocerlos perfectamente aún cuando nunca los hayamos leído. Uno de los títulos más evidentes podría ser el que traigo hoy a colación. Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley.
Todos conocemos al malvado monstruo enorme, de cabeza cuadrada y paso torpe que interpretó Boris Karloff. Caso de no ser así,  podemos recurrir a muchas otras películas y personajes inspirados en él, desde Los Monsters pasando por la Familia Adams o El jovencito Frankenstein hasta los mismos Simpson.
Claro  exponente del romanticismo en la literatura -presencia de  paisajes inhóspitos, nocturnos, tempestades; personajes dominados por pasiones turbulentas; menciones a obras como Las desventuras del joven Werther, o El paraíso perdido.- Sin discutir su inclusión en el género de terror. también se le considera como la primera novela de ciencia-ficción.
La primera vez que leí este libro lo que me llamó la atención fue sobre todo  comprobar que la causa del  comportamiento vengativo y destructor del monstruo era el odio surgido por el rechazo que sentía por parte de los hombres, quienes no veían más allá de
su horrible aspecto cuando él albergaba buenos sentimientos. Su propio  creador lo había abandonado y rechazado  (¿reflejo de lo acaecido a la propia Mary Shelley?)
Entre una y otra lectura, se despertó mi interés por los temas relacionados con la evolución y el funcionamiento del cerebro. Hace poco he terminado Y el cerebro creó al hombre, de Damasio. Ello  puede explicar que esta vez me fijara mucho en lo relacionado con la parte “vital” del monstruo –como descubre los sentidos, aprende a hablar o como aprende mediante la observación.
También plantea una cuestión ética. La responsabilidad sobre nuestros actos y en especial la  de los científicos respecto a sus descubrimientos (Cuantas veces lo que nació con un objetivo noble terminó convirtiéndose en algo tremendamente dañino) Como a veces, cegados por la consecución del objetivo, no nos paramos a pensar en las consecuencias que ello tendrá.
Mientras lo leía no pude evitar acordarme de dos libros de Robert Louis Stevenson; cuando Victor Frankenstein habla de sus recorridos por los cementerios, me vino a la mente El ladrón de cadáveres. Más tarde, de nuevo pensé en este autor pero esta vez en El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde –ambos científicos terminan por no poder controlar a sus criaturas y ambos son responsables de las muertes que estas causan.
Un libro cuya lectura os recomiendo sinceramente. Uno de esos Libros de siempre jamás