27 abril, 2011

M

Llovía fuera. A ratos. Magenta escribió su nombre en el cristal del autobús manchado de vaho y de gotas a medio secar. Le gustaba mucho su M mayúscula alargada y llena de picos.
El señor sentado frente a ella la observaba con el ceño fruncido, como queriéndole decir: "¿No te da vergüenza comportarte como una niña pequeña?" Pero Magenta no se enfadó ni sintió vergüenza de esa que te hace encogerte en el respaldo del asiento. En cambio, le sonrió como solo ella sabía hacerlo. Grande, amable. Sonrisa de elefante que sale directa del corazón y recorre la aorta en segundos para instalarse lo más rápido posible en el filo de los labios.
El hombre parpadeó sorprendido porque nunca antes había visto una sonrisa igual. Tan sincera, tan de verdad. Y así, lleno de Magenta y de la comisura de sus labios, escribió su nombre en el cristal. Magenta, al leerlo, no pudo más que reír y contagiarle sus carcajadas al hombre.
El nombre del desconocido también empezaba por la letra M y él la había dibujado igualita que Magenta. Alargada y llena de picos.

Texto: María De Jesús
Narrador. La Voz Silenciosa