28 abril, 2011

Las manos de la concordia


Se la conoce como la cuesta de las lamentaciones porque tras la guerra civil, sobre todo las madres, descendían el empedrado camino llorando para recoger los cuerpos de sus hijos y darles una sepultura digna en medio de una guerra que no lo era. Pero esta es otra historia, ahora es Cándido el que baja por el reparado adoquinado, camuflado entre las sombras y con la respiración entrecortada. Se dirige a la abandonada y mugrienta nave que sirvió hace años de almacén maderero. Aún quedan dispuestas sobre algunas sucias baldas, enormes planchas de madera apolillada y maloliente. La puerta cede con un estruendoso chirrido y tras de sí la cierra. Apoya la espalda sobre ella y siente el frío del metal hasta en el tuétano de sus huesos. Las cortas y rápidas inspiraciones dan paso lentamente a una respiración más sosegada. Más calmado, se adentra en la oscuridad, rota tan solo por las luces nocturnas que se filtran por unos pequeños ventanales en lo más alto del pabellón. Se sienta sobre una caja de madera antes de hundirse entre sus manos.
- ¡No, no, no...! - repite sin cesar, con una voz congestionada y ronca.
Y llora.
La vieja casa del ilustre recaudador es ahora
una casa más, en la que vive, o más bien vivía, la solitaria y triste comadrona, biznieta del singular personaje. Es la última casa antes de la cuesta de las lamentaciones. Está rodeada por un pequeño jardín cuidado con inusitada sensibilidad. El interior está prácticamente desprovisto de mobiliario, a excepción de la habitación principal, en la que luce una cama con sus mesillas de estilo clásico y un sinfonier, armario y cómoda de finales del siglo XIX. Un velón aromático desprende una agradable fragancia, que contiene entre sus humos el olor de la muerte. Y es que, bajo las sábanas, se ve el bulto de la mujer, aunque no se le ve la cara porque sobre ella se encuentra un almohadón enorme relleno de plumas de ave, y se sabe esto porque dispuestas alrededor de la improvisada yacija se encuentran algunas de estas blancas y suaves plumas. Está tan muerta que el oficio de un funeral sería para despedir únicamente a un cuerpo yermo del que el espíritu ha escapado sin demora por temor a una reanimación. Se llamaba Encarnación.
En el centro de la diáfana nave, a Cándido se le ve muy pequeño cuando llega la benemérita luciendo su verde militar. No le tratan mal ni le zarandean, se limitan a informarle.
- Cándido, vamos a detenerle por la muerte de Encarnación, ¿tenemos que esposarle?
Y él niega con la cabeza mientras se levanta y enjuga sus lágrimas con el antebrazo de su chaqueta de pana.
No hay ningún misterio que resolver, ni una truculenta historia tras el homicidio, no era un secreto que se querían, ni un secreto la enfermedad que a ella le tenía postrada en una cama con un colchón antiescaras desde hacía una década. En el juicio no hubo miradas de odio ni preguntas de más, sólo una condena. Y aunque llora cada noche en el desvencijado y asqueroso camastro, en el penal nadie le oye porque nunca ha levantado la voz.


Texto: Daniel Fernández Langeber.
Narración: José Francisco Díaz-Salado Suárez.