12 abril, 2011

Réquiem


La niña allí sentada, a la resolana, con su pelo crespo. Los rayos del sol, tenues, tímidos, reflejan su pequeño cuerpo en la pared encalada, limpia, impoluta. La abuela ciega, quieta, presa por la zangarriana, mirando la vida con inquina, con pereza, desganada. La madre, que entra y sale, que sube y baja, extendiendo sábanas blancas que azota la brisa, sólo taciturnas mortajas, testigos de noches sombrías que almidonan quimeras. Sábanas que son velas de veleros que nunca zarparon, varados en mareas que en ningún tiempo mejor subieron. Mareas sin lunas, astros sin noches. Noches que son mañanas, perennemente repetidas. El viento que susurra un tango, triste, mil veces danzado. Danza la vida caprichosa, trepando cucañas camino del cielo. Planean azadas, arados y aguijadas por el limbo infini! to, abatidos, huérfanos de tierras. Simientes que vuelan buscando otros parajes donde dar frutos. Parajes que son colmenas, enjambres de sueños que no florecen en primavera, yermos, sin semillas. Primaveras que sobrevienen fríos inviernos, colmados de corazones gélidos que derrocan ilusiones. Lágrimas que ya no duelen, corriendo por acequias perpetuas. Ilusiones captadas por añejos daguerrotipos, rictus pintados de color ámbar. La muerte que no avisa, traidora, fementida. La niña sin padre. Tres damas, encadenadas, retenidas, ataviadas de negro azabache, pergeñando el porvenir, camino del camposanto.

Texto: Xavier Blanco