25 julio, 2011

Duendes


Duendes aletargados, escondidos en las entretelas cósmicas, entre micropartículas atómicas, entre orgánulos intracelulares. Latentes, tímidos, aunque cargados de energía cuántica: se les nota por los destellos de las pupilas en su mirar disimulado, precavido, no vaya alguien a notar su bullir silencioso. No vaya a escapárseles alguna palabra delatora, algún suspiro comprometido. No vayan a descubrir su escondrijo diminuto.
Pero el universo cuántico está globalizado, no es micro, sino macro, o las dos cosas. Por eso no se puede limitar, no se puede desconectar, no se puede detener la cascada del todo a la vez cuando se ha puesto en marcha: hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia adentro en espirales de vértigo.
Y cuando la energía fluye sin contenciones represoras, los duendes solo pueden dejarse llevar sin condiciones para dispersar su estela brillante sobre lo que tocan, alumbrando velas que parecía no iban a arder, avivando fuegos nunca antes encendidos, iluminando rincones desconocidos. Sembrando, fertilizando, descubriendo, produciendo.
Duendes desinhibidos, entusiastas, codiciosos. Rescatados de su encantamiento por otro conjuro, de hechizo en hechizo, embrujados por la magia nueva que todo lo conecta y lo desconecta, la magia líquida que cristaliza los destinos.