23 julio, 2011

Aguardando

Le pesaban tanto los años que había olvidado su edad. Se miraba en el espejo: su cara marcada, estampada de penalidades, su piel tatuada de arrugas. Esos ojos tristes, afligidos, dolientes. No se reconocía. Sólo un ser humano decrépito, envejecido, apolillado, carcomido por el paso del tiempo, por los años, por las penas, por la supervivencia.
Intentó dibujar una sonrisa en ese espejo enmohecido, pero el reflejo no se dejó engañar. Una línea cóncava, tenue, dispersa, adornó su fisonomía. Sólo un nuevo día en el calendario. Hacía semanas que esperaba, siempre tuvo un sexto sentido para las cosas de la vida.
Se dejó caer en la silla, descorazonada, abatida. El cielo era azul, la brisa de la mañana agasajaba su rostro.
Cerró los ojos, obstruyó su mente, disponiéndose para el aguardo. La muerte es así de caprichosa, nunca viene cuando se le espera.

Texto: Xavier Blanco