28 julio, 2011

Rosaflor


LOS GATOS NO SON DE FIAR. Tomemos, a modo de ejemplo, el caso de Rosaflor: cuando Edith, que además de su dueña es mi esposa, le acaricia el lomo, entre ronroneos parece gozarlo intensamente. “¿Quiere un poco de leche la nenita de mamá?”, le dice mi señora, y marcha presta a la cocina. De inmediato, la gata se arrellana a mi lado y espeta: “¡Vaya con la vieja estúpida, no sé cómo la soportamos!”. Le pido que modere su vocabulario pero resulta inútil: sigue despotricando hasta que la vieja, perdón, mi mujer regresa con la leche. Entonces la gata también torna a su máscara. Le he dicho a Edith miles de veces que Rosaflor habla pestes a sus espaldas. “¿Qué te creés que soy, una tonta?... Lo que pasa es que vos siempre le tuviste mala espina…; ni siquiera te importó cuando los chicos se fueron, y ahora querés llenarme la cabeza, ¡no tenés corazón!...” No he vuelto a insistirle, ya estoy grande para andar malgastando saliva. Sin embargo, me preocupo por ella; sobre todo desde que, tras hallar a Rosaflor leyendo una novela de Agatha Christie, llegó una encomienda con venenos. Hace días que la gata pregunta por el cartero. Creo que sospecha mi intrusión. Para colmo, la otra noche la oí rezongar entre sueños: “¡Vaya con el viejo estúpido y traidor!”. Por si las dudas, desde entonces antes de dormir aseguro las puertas y ventanas de nuestra habitación, nunca apago todas las luces, sólo consumo envasados, y trato de que Edith haga lo mismo.

Texto: Gabriel Bevilaqua
Narración: La Voz Silenciosa