01 agosto, 2011

Merecidas vacaciones

Cuidadosamente bajó la maleta del altillo. Como si se tratara de un ritual mágico, le quitó la funda protectora, la limpió suavemente y la dispuso sobre la mesa. No recordaba cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de unos días de descanso, de unas merecidas vacaciones; dudó… ¿tres, cuatro años?… cinco, sí, esa era la respuesta correcta -ya se sabe, el trabajo, la responsabilidad...-.
Comprobó, de nuevo, la lista, cotejándola con todo lo que había dispuesto encima de la mesa. Como si se tratara de un control de calidad, fue repasando cada uno de los elementos: los pantalones, las camisas, los zapatos, el pijama… No faltaba nada. Pensativo, se dejó caer en la silla. Se sentía extraño: ¿vacaciones?... Él se peleaba cada día con los proveedores, se partía la cara por la empresa, él sabía de números, de resultados… nada conocía de diversiones, de esparcimientos... Ansioso observó el reloj, como queriendo
parar el tiempo; su avión despegaba en tres horas.
Se levantó y escogió dos volúmenes de la estantería, dos lecturas pendientes que encajó esmeradamente entre las camisas y el pijama. Intentó serenarse. Antes de cerrar la maleta cogió la rutina, también la costumbre y las dispuso en el frigorífico; dobló cuidadosamente la prisa, también el estrés, y los ubicó en el armario, entre a la ropa de invierno. Planchó la angustia y la obsesión, que guardó en el cajón, junto a las sábanas. La eficacia y la eficiencia las almacenó en el garaje, confundidas entre las herramientas y los trastos. La responsabilidad y el trabajo quedaron escondidos en los tomos de la enciclopedia. Por último atrapó el tiempo, lo trituró con la batidora, y guardó esa pasta espesa en el congelador. Ahora sí, ya podía marchar tranquilo.
En ese momento un sonido ensordecedor, igual que una tuba desconsolada, invadió la estancia; tardó en reconocerlo, era su móvil, que le hacía aterrizar en la realidad antes de iniciar su vuelo al paraíso. ¿Quién puede ser?, pensó. Seguro que era su jefe, o algún empleado de guardia, quizás un problema grave en la empresa, tal vez un pedido devuelto… Intentó afinar su oído, pero el ruido estridente salía de todas partes y de ninguna. ¿Dónde se escondía el maldito móvil? Buscó, rebuscó, escudriñó cada centímetro de la estancia, pero nada. La melodía se convirtió en ruido, en un eco infinito que eclosionaba en su mente. Abrió la maleta, y violentamente empezó a buscar el maldito aparato: nada… desbarató las camisas, los pantalones, los zapatos; estrelló la maleta contra el suelo. Sus vacaciones hechas añicos, despedazadas...
El ruido atronador se encarceló en su cerebro. Sin saber por qué se puso a llorar desconsolado. En ese mismo instante un fatal pensamiento asaltó su cerebro, se acordó que ya no tenía tiempo para nada: lo había congelado. Abrió la nevera, pero ya era demasiado tarde, el tiempo sólo era un carámbano. Intentó darse prisa pero no fue capaz de acordarse en qué estante del armario la había depositado. Igual le pasó con el estrés, no aparecía entre tanta sábana. Ni siquiera podía angustiarse, ni obsesionarse con el maldito teléfono; esas sensaciones las había almacenado en el garaje y ahora no encontraba la llave. Miró todos los tomos de la enciclopedia pero no fue capaz de encontrar ni la responsabilidad, ni el trabajo. ¿Qué podía hacer? No le quedaban rutinas, ni costumbres, y sin ellas no sabía nadar, se ahogaba, y quedó allí perdido, disuelto en la nada, naufragando en sus dudas.
Miró el reloj, en una hora despegaría su vuelo. El móvil seguía sonando, el problema debía de ser grave. Abrió la ventana, intentó acompasar sus pulmones, en ese momento una suave brisa acarició su rostro y una estrella fugaz surcó el cielo de mediodía: el móvil enmudeció y el silencio venteaba a brisa marina. Se levantó presto, de los restos del naufragio recogió los dos volúmenes y los billetes de avión. ¡Qué carajo, estoy de vacaciones!, fueron sus últimas palabras, antes de partir raudo al aeropuerto.

Texto: Xavier Blanco
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