27 agosto, 2011

Sueños monstruosos


Una de las primeras palabras que aprendió fue mar. Una de las primeras que pronunció con nitidez, sin balbuceos. 
No sería sorprendente si no fuera porque él había nacido tierra adentro, donde el mar es sólo una figura lejana, una representación azul sobre un mapamundi, una inmensidad que mucha gente apegada a esa tierra reseca nunca llega a contemplar.
Sin embargo, para él fueron tres letras que se convirtieron en una inquietud desde la infancia.
Para llegar ese momento tuvieron que transcurrir más de sesenta años. En su imaginación creó un sueño, una imagen forjada a través de las lecturas de innumerables libros de historia: Barcos que arribaban a orillas mediterráneas donde sólo existía la arena, el agua y el sol. Playas interminables, limpias y protegidas por feroces dioses, hombres de un solo ojo y terribles criaturas de cuya cabeza salían serpientes. Sesenta años recreando una fábula. 
Tomó un tren y
se sentó junto a la ventanilla. Con los ojos cerrados, mientras atravesaban tierras rojizas salpicadas de oleaje amarillo, recordó las imágenes vistas en los documentales: los colores cambiantes del agua, la bravura de las olas, los fondos marinos. Respiró hondo para que el deseado salitre calara en sus pulmones sedientos de aire húmedo. 
Al llegar a su destino fue en busca del mar. Anduvo desorientado entre gigantescos edificios, monstruos que parecían ahuyentar el sol. Después de preguntar a varias personas, llegó hasta la playa. El mar seguía allí, ajeno al devenir del mundo. Con la sensación de vivir un mal sueño, se acercó hasta la orilla sorteando sombrillas, toallas y gente tumbada sobre la arena. El mar, su mar estaba allí, a sus pies, y lo encontró absurdo, con todo aquel escándalo, aquella gente gritando, los edificios rodeándolo como si pretendieran ahogarlo entre sus paredes.
Al despertar en el hospital no tuvo conciencia del tiempo que permaneció de pie en la orilla buscando sus dioses feroces o sus hombres de un solo ojo. Al recibir el alta, cogió de nuevo su maleta y regresó, con los ojos resecos, a su casa.
Texto: Elena Casero.
Narración: La Voz Silenciosa 
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