02 septiembre, 2011

En penumbra


La penumbra del café de siempre, con su puerta abatible de mango dorado y reluciente, el sonido casi inaudible de la radio emitiendo una milonga de corte y rasga  mientras te espero a vos, a vos que siempre aparecés aunque no vengas, me despiertan del letargo en el que me ha sumido tu recuerdo.
Recuerdo que evoco entre otras muchas figuras, a través de estas cartas de amor, de amor prohibido, de amor querido, de amor buscado, que han llegado a mis manos sin saber muy bien cómo y que traslado  a lo que me hubiese gustado que vos y yo tuviéramos: una relación de confianza aún hasta para confesarnos lo inconfesable, como ellos… y para seguir aún hoy -y siempre-, esa amistad que unió a los protagonistas de esas cartas y que les permitía apoyarse  el uno en el otro.
Como a él, el amante, Montevideo me recibe con su luz, su cielo azul, sus aromas, pero nada es igual
a como era cuando nos  encontrábamos acá, en este mismo bar, en esta misma mesa, cuando vos me revolvías el pelo con la mano y me decías: “¡qué alivio! qué alivio estar con vos, así, en la penumbra de este bar dejando todo lo demás fuera de estas puertas de cristal...” Lo recuerdo muy bien, como recuerdo cuando me trajiste uno de tus primeros trabajos con pretensión de novela y que habías presentado en varias editoriales sin fortuna y me pedías que fuese sincero con vos en mis comentarios….
“mi ilustre amigo y compañero de infortunios académicos…y ojalá llegue el día que le veamos a V. coronado como a Zorrilla, te envío mi último trabajo, ya me dirás qué te parece”.
El profesor, sí, este pobre profesor de Filosofía que ha tenido la suerte de que sus libros gusten, y de que vos, una de sus lectoras, hayas hecho lo imposible por conocerme; ¡y lo lograste, vaya si lo lograste! Conociste al profesor, al escritor, al hombre y vos me permitiste conocer al poeta que llevaba dentro y que supiste hacer salir a la superficie expresando los sentimientos más puros, más apasionados e inconfesables, más infantiles, casi.
Apareciste de pronto, sin aviso, sin que nada ni  nadie me indicaran lo que podría suceder, sin historias, sin macanas. Y fuiste, estuviste conmigo viejo, conmigo harto, conmigo cínico. Te tuve y me tuviste, despacito, sin apuro, aprovechando cada espacio de tu cuerpo hermoso, tu cuerpo vivo, tu cuerpo joven.
¡Y fijate ahora! ¡Sos casi célebre! Quizás será por eso que ya no tenés tiempo de pensarme, de llamarme, de escribirme, de hablarme, como antes. Como antes… como cuando eras casi arcilla entre mis dedos e intentaba moldearte –lo reconozco-, ¿un poco? o un mucho, como quería que fueras: amante, amada, compañera, amiga… pero no conté con vos, no conté con tu fuerza, con tu ímpetu, con tus alas y llegó..., llegó el momento del “cargo grave” como vos misma me dijiste.
“Apelas a mi sinceridad: debí manifestarla antes, pues ahora ya no merece este nombre:sea como quiera, ahora obedeceré a mi instinto procediendo con sinceridad absoluta”. ¡Vaya si lo hiciste!
Pero eso no fue lo importante, lo verdaderamente importante fue lo que vino después: los silencios cada vez más largos, la mirada perdida, la ausencia. La ausencia, ese hueco que nada ni nadie llenan, que intento hacer más pequeño recordando tus dulces y disparatadas causeries, nuestras charlas interminables, a veces serias y literarias y otras pura guasa…

“Quizás sea yo el que deba aprender a querer de otra manera …” Esto decía él, el destinatario de las cartas que llegaron a mis manos, al darse cuenta de que su mundo, el universo que se habia creado partiendo de la relación con su amada, no era sino una creación de su mente. Él como yo, había aprehendido la vida con fuerza, con ansia, viviendo y apurando cada día, cada aventura, cada amor, cada mujer, como si fuera su última oportunidad, pero jamás pensó que la única vez que no había tenido prisa por exprimir una relación, la única vez que disfrutaba de un sinfín de pequeños detalles que a veces hasta parecían superfluos, iba a tener que renunciar a ellos tan pronto.

Ha sido difícil, muy difícil aceptar la realidad. Primero me indigné, me sentí dolido, luego, sentí como si hubiera bajado una octava en mi pasión amorosa, pero lo peor ha sido la certeza, la certeza profunda de que en verdad, te he perdido. No me sirve clausurar las ventanas, poner candados en las puertas, enredarte con palabras, ya has tomado tu decisión, lo sé, aunque no me lo hayas dicho.  Y esta hora y pico que llevo ya en el bar, en nuestro bar, me lo corroboran, y duele, joder, duele.
Salgo del bar y deambulo por la ciudad vieja. Sus puertas antiguas, sus llamadores, sus balcones labrados me llevan a otro tiempo, al tiempo en que transcurrían las cartas, tiempo de misivas, de esperas ansiosas, de rúbricas que refrendan y me siento más cómodo ahí, tan cómodo que decido entrar en un boliche sin puertas abatibles de cristal, un simple boliche de la ciudad vieja donde puedo seguir emborrachándome con mi propia pena.

Texto: Victoria Hernández
Narración: La voz Silenciosa