09 septiembre, 2011

Escondido


Era absurdo, irreal, pero existía. Ondulante y hondo, curvilíneo y suave, se arrastraba ante mí con una paciencia infinita, dejando su reguero de curvas insólitas en el fondo del patio. Sólo cuando se marchaba, yo me atrevía a acercarme despacio, con cautela, para buscar entre la tierra viscosa algún rastro que lo hiciera creíble.
Era manso y yo le gustaba. Lo sé porque, aún sabiendo que yo estaba allí, escondido tras la herrumbre de las rejas del patio, se sentaba blando y sesgado sobre la sombra del manzano, con la vista puesta en la cancela. Los dos nos estudiábamos: yo, con miedo todavía, él, con su paciencia infinita.
Una tarde, brotó a la superficie desde la hojarasca humedecida del único árbol del patio. Lo vi caminar
sobre la ruta encharcada que había fabricado la lluvia y sin saber cómo, de pronto descubrí que su aparente absurdo ya no me asustaba. Yo estaba allí en el patio a aquella hora porque la siesta me aburría y, mientras todos los de casa dormían, bajé a vivir las aventuras inventadas que solía. Tal vez entonces el aburrimiento venció al miedo y por primera vez me acerqué para jugar con él, los dos solos, absurdos e irreales, bajo el árbol.
Desde aquella tarde fui su amigo. Juntos dejábamos pasar las horas sobre la tierra –le gustaba mojada–. Él, construyendo movimientos nuevos para mí, curvas de estreno zigzagueantes, serpentinas que me divertían. Yo, corriendo y saltando por encima de su lentitud, una y otra vez, una y otra vez, hasta quedar extenuado o hasta que una llamada ponía punto final al encuentro.
Cuando intenté contarle a mi madre, la primera vez, lo de mi amigo, ella meneó la cabeza como siempre lo hacía cuando tenía prisa, y siguió su camino a la cocina. La segunda vez, se preocupó. Lo sé porque escuché parte de una conversación con mi padre, quien hablo de la posibilidad de llevarme al médico, de lo mal educado que me tenía y así siguieron por un largo rato, repartiéndose la culpa. Fue por eso que aprendí a ocultarlo. Temía que su aspecto irrazonable les llenara la cabeza de ideas adversas y que aquella posible hostilidad lo desvaneciera. Me asustaba pensar volver a jugar solo en el patio.
Le construí un refugio cerca del manzano, con tierra y hojas amontonadas caprichosamente. Eso me pareció suficiente para esconder su pequeña, blanda, ondulante irrealidad de los ojos de los de casa. Pareció gustarle, aunque se resistió a convertirlo en su prisión y salía con frecuencia de aquel escondrijo, sin que yo pudiera evitarlo. No era difícil de entender. Ya desde entonces, yo podía intuir que su fin último eran las ondas, la ondulación, el arco intermitente de su cuerpo sobre la tierra.
Mientras tanto, analizaba cómo me las ingeniaría en el verano, cuando se hubieran ido los días de lluvia. Pensaba sin parar en cómo mantener húmedo el patio, cómo conservar el musgo verde y ácido sobre el que le gustaba moverse, cómo defenderlo de la voracidad de los lagartos, cómo ayudarle a soportar los días de brisa caliente a ras de tierra, cómo distraerlo durante las larguísimas siestas de verano.
Se ve que no supe disimular tanto como pensaba, porque un buen día, mis padres decidieron prohibirme las tardes en el patio y clausuraron la puerta del fondo; la única que podía llevarme hasta él. Incluso colocaron una enorme, desproporcionada cadena entre las rejas de la cancela para que así me fuera imposible siquiera acercarme. Maldije que no hubiera ventanas que miraran al manzano y no paraba de pensar en él. La idea de que lo hubiesen descubierto y de que, sin poder resistir su irrealidad, lo hubieran hecho desaparecer, me resultaba insoportable.
Así pasó el verano. Ya en septiembre regresaron, poco a poco, las lluvias y con ellas, creció en mi la esperanza de que un día, al volver de la escuela, me encontrara abierta la puerta del fondo. Así fue. Una tarde nada más entrar a casa, llegó a mis oídos el sórdido sonido de un rastrillo; verdugo entre el crujido de las hojas muertas que había dejado caer el árbol. Bajé al patio, corrí hacia la cancela. Me detuve. Mi inocencia se desplomó. Se fue de golpe. Mi amigo ya no estaba. Nuevamente éramos yo y mi soledad, en medio de los años y de divanes sobre los que contarlo, una y otra vez, una y otra vez hasta esta tarde de lluvia en que también lo cuento.
Aún, después de tantos años, cuando llueve, pienso en él. Calculo cómo habrá sentido sobre sí la opresión áspera de la garra metálica y lo veo aplastado, convertidas sus ondas en un ovillo sobre la tierra mojada. Puedo incluso imaginar cómo me habrá buscado con los ojos, más allá de la herrumbre de las rejas, al tiempo que habrá guardado sus últimas fuerzas para arrastrarse en ondas y hasta puedo suponer que me habrá brindado ese movimiento final como definitiva despedida. Sin embargo, doctor, lo que no me permite vivir en paz –y por eso estoy aquí– es una duda inmensa, plana, árida. La duda de que él esté aún allí, escondido en alguna parte fuera de mi infancia, esperando por mí, con su paciencia infinita.
Texto: Isabel Expósito Morales
Narración: La Voz Sielnciosa