03 septiembre, 2011

Fatum

En algunas contadas ocasiones, intentó abrirse un hueco en el complejo mundo de las letras, pero los azares del destino siempre premiaban a otros.
Con el ánimo bajo y la autoestima mermada, se encerró en sus escritos, pese a sus fervorosos deseos de no escribir. No obstante, el condenado a escribir es como un Sísifo que levanta una vez y otra la misma piedra, asciende la empinada cumbre y, una vez en ella, un sino trágico le envía su hazaña al abismo.
Anduvo durante innumerables años al amparo de su abismo florecido por las letras. No se permitió ni una sola tentativa de desafiar a los dioses y conservó su confortable anonimato. No llegaba a nadie, pero sabía que su escritura era su propia condena y su propia salvación. Se acostumbró definitivamente a su presencia constante en su vida.
Un buen día, en una ebriedad del pensamiento, quiso tentar la suerte una vez más, recomponer la ilusión y apostar por el juego peligroso. Sin meditarlo demasiado, envió su tercera novela a un premio patrocinado por una prestigiosa editorial.
Murió unos días antes de que le concedieran ese prestigioso premio que le permitiría publicar por fin.
Texto: Isabel Martínez Barquero