14 octubre, 2011

Arcoíris


El arcoíris se desplegó doble justo enfrente de mi ventana, pretendiendo colorear un día definitivamente gris amatista, clavado en el mar amoratado engañosamente malva, falsamente calmo en la oscuridad desdibujada que no acababa de consentir la mañana. Se me antojó una visión descarada, burlona de mis tristes angustias que habían despuntado el día recargadas. Una ironía de colores fanfarrones. Pero consiguió clavarme a contemplarlo en su quehacer magnético, hasta profético. Me obcequé en leer entre líneas, entre tonos y matices. No entendí nada, no conocía su lenguaje, no sabía leer entre colores. El gris me empastaba el alma.
Cerré la ventana para ocuparme sola en coser mis roturas, pero la cortina trasparentaba y adivinaba los arcos multicolores del otro lado, como si quisieran mostrarme algo para mí confuso, casi críptico, como forzándome a no claudicar, a continuar mirando hacia arriba, hacia el cielo, a la luz blanda de un nuevo día rebosante.
Volví a mirar en el momento justo en que
el cielo estalló en calambres que aliviaron la pesadez de un chaparrón contenido. Agua escandalosa que chapoteaba los cristales, las hortensias, los rosales, las uvas del parral. Que corría sobrada a desaguarse pendiente abajo. Bulliciosa, exuberante, sabrosa. Agua sobre agua para mojar lo ya empapado.
La energía desatada al viento se me ovilló al cuerpo para sacudirme de dentro a afuera. Me zarandeó los pensamientos hasta que pude reubicarlos. Cortó el círculo viscoso de gris en gris para que del negro se fueran destilando colores inexistentes por no nombrados. Tonos irisados de matices nunca antes pronunciados, completamente imprevistos, maravillosamente improvisados. Y amaneció, que no fue poco.