13 octubre, 2011

Servicio de limpieza


Me obligo a limpiar la sangre. Cristales, paredes, las rendijas del entarimado, las salpicaduras en la tapicería. Desecho cualquier adorno que haya quedado contaminado, me deshago de cepillos, estropajos y baldes, refresco la habitación con ambientadores caros. Soy cuidadoso, no debe quedar rastro de mi tarea, pero mentiría si dijera que no confío en nadie: con los honorarios que cargo bien podría encargar la limpieza a especialistas que saben hacer su trabajo y mantener la boca cerrada. En cambio, limpio sus restos y borro así su recuerdo, sus miradas sorprendidas o espantadas, el olor de su miedo. Me ayuda a recordar que un día puede ser mi sangre la que otro limpie.
Texto: Ana Joyanes
Narración: La Voz Silenciosa