01 noviembre, 2011

En cama ajena

Ilustración: Laura Baute San Juan
Con Sonny pariendo notas imposibles en el saxofón, Paul Martin soltando su cháchara habitual y las chicas buscando algún tipo a quien confiar su dignidad, la noche adelgazaba sin prisa en el Korova hasta que el contorno de Emma Walsh rozó mis ojos. Dave se puso en guardia enseguida, como si un inspector de sanidad pudiera echar abajo la excelente mala reputación de su local. Ella no hizo caso, buscó un lugar vació en la barra, encendió un cigarrillo y desató su sonrisa sin intención de hacer prisioneros.
 Los chicos comentaban que había pasado una temporada en Las Vegas después de un encontronazo con uno de esos tipos a los que el aliento les huele a quince años y un día. Me fijé y comprobé que había cogido varios kilos de belleza, y que seguía siendo aquella mujer de formas contundentes y peligrosa presencia. Mientras la observaba se le acercó un tipo que
un minuto después estaba sentado a su lado y tres sonrisas más tarde era carne de cañón. Con seguridad aquel tipo no se habría acercado de conocer la historia de Emma y de haber sabido que aquella mujer era una jornalera que cada día labraba su presente sustrayendo la cartera a incautos.
Desde mi lugar en la barra del club alcancé a escuchar la risa de Emma cuando el tipo le decía unas palabras al oído. Faltaban todavía unos minutos para que él propusiera buscar una habitación y algunas copas más para vencer la calculada resistencia de ella. Después saldrían del local, abrazados, y el tipo despertaría a la mañana siguiente en un hotel, satisfecho y orgulloso, hasta el momento justo en que advirtiera que su cartera, su reloj y buena parte de su orgullo habían desaparecido.

La noche siguiente me sorprendió que no apareciera el tipo en busca de Emma, con la vana esperanza de ajustar cuentas. Tampoco lo hizo dos noches más tarde. Él no asomó por allí, pero quien sí se dejó ver fue Emma. Aquello no era propio de ella después de desplumar a alguien. Se sentó a mi lado enredada en el humo de su cigarrillo. No tardó en preguntarme “oye Pike, el tipo con el que estuve el otro día, ¿lo has vuelto a ver?”, “cariño, ese tipo todavía debe estar por la calle preguntándose cómo va a explicarle a su mujer que ha perdido la cartera”. Me dejó media sonrisa por respuesta y se quedó a mi lado en la barra, en silencio, dejando que los whiskeys fueran resbalándole dentro. Más tarde, cuando el garito languidecía volvió a hablarme: “Pike ese tipo me gustó, me ha dejado huella. ¿Sabes que no le quité ni un centavo? Me fui a la cama con él pensando que había encontrado a un hombre especial”. Emma sabía que aquella confesión me estaba asombrando, pero continuó: “y cuando desperté a la mañana siguiente el tipo se había largado llevándose mi monedero”. Vio que me costaba digerir aquello “así fue cariño”, me dijo. Me costó unos segundos que mi mente ubicara al tipo desde la categoría de incauto a una casi desconocida. “¿Y sabes lo mejor Pike?”, me dijo Emma apurando su copa con mirada nostálgica, ”¿sabes lo realmente grave? Que pagaría lo que fuera para que volviera a robarme otra noche”.

Texto: Felipe Alonso Simarro