24 noviembre, 2011

Las zapatillas de fieltro


Carmina tampoco pudo dormir bien aquella noche. Desde que murió su marido hacía dos años, sus hijas se empeñaron en que ya no podía vivir sola. Así que cada dos meses la llevaban de una casa a otra, haciéndola sentirse en todas como un estorbo y pensando que las tres contaban los días para que la otra hermana se hiciera cargo de la vieja.
Se levantó temprano, como de costumbre. Fue a la cocina y la encontró patas arriba, con restos de la cena de Nochebuena y vajilla sucia por todas las partes.
Despacio limpió y ordenó todo. Despejó la mesa del salón y con cuidado fue fregando las copas de cristal, dejándolas bocabajo en la mesa de la cocina sobre un paño blanco.
Recogió los restos de los envoltorios tirados por la alfombra, ahuecó los cojines y ordenó las sillas. Entonces reparó en la caja que había en la mesita junto a la mecedora. Era el regalo de navidad de sus nietos, ni siquiera lo recordaba.
Abrió la caja y encontró unas zapatillas de andar por casa, de fieltro marrón claro con bordados dorados. Las cogió entre las manos, eran suaves y olían bien.
En ese momento le sobresaltó la voz enojada de su hija Isabel que
desde la puerta del salón le recriminaba:
-¿Pero es que ni el día de Navidad puedes parar quieta? ¡Por Dios mamá, vuelve a la cama!
Carmina la miró, pero no reconoció en esa mujer a la niña inquieta de ojos grandes que madrugaba para buscar los regalos de reyes, que su madre había colocado a medianoche junto al belén.
Apretó las zapatillas contra su pecho y con voz temerosa dijo:
-¡Lo siento hija!, no quería molestar. ¿Pero, por qué no me dejáis ir a mi casa?, allí no fastidiaría a nadie.
-¡Ya estamos!, ¡encima hazte la mártir!, bien sabes que es precisamente eso lo que me saca de quicio- respondió Isabel mientras se daba la vuelta y se perdía por el pasillo.
Quince minutos más tarde, cuando llegó la ambulancia, ya nada pudieron hacer por la anciana, salvo cubrirla con una sábana dorada. Un policía recogió una de las zapatillas que había perdido en la caída, la puso con cuidado sobre el cadáver y comentó a su compañero:
-¿Te has fijado en la suelas?, están impecables, ni un solo paso ha debido dar con ellas.
-Seguro que fueron su último regalo de navidad- respondió el otro.
Texto e ilustración: Pilar Aguarón.
Narración: La Voz Silenciosa
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