09 noviembre, 2011

Sin mi


Como tantas veces había hecho de niño, me escondí. ¡Dani! Entonces lo hacía en aquel baúl de ropas viejas que conservaba el molde de mi cuerpecillo desde la última vez. Desde allí oía mi nombre a gritos, ¡Daniel!, la ira en los pasos que se acercaban al lugar de siempre, los latidos de mi corazón que se había ido haciendo un sitio en mi garganta, ¡Daniel Fernández!, mi llanto estéril que nunca había podido evitar que él me arrancase de allí entre gritos y golpes, como siempre. Luego llegaba el alivio, cuando por fín acababa, y se iba, y me dejaba allí en el suelo, abandonado entre el desorden de los trapos manchados de sangre, un feto encogido que nunca debió nacer para vivir así. Aquella mezcla pastosa de olores, a naftalina, sangre, semen y alcohol; aquel sabor salado de mis mocos y mis lágrimas, tan inútiles como yo, nunca he dejado de sentirlos incluso en situaciones como la de hoy, sigo escondido con ellos en aquel baúl, cada vez más encogido, un feto grande al que apenas le queda un resquicio para empuñar un bolígrafo y sostener un cuaderno entre sus manos de viejo.
- ¡Daniel Fernández!- salgo finalmente a recoger el premio.
Todos me miran y me aplauden, creyendo que estoy aquí, pero yo tampoco me quiero.

Texto: Isabel Mª González Verdugo
Narración: La Voz Silenciosa