16 diciembre, 2011

Adornos

Se había retirado a uno de esos barrios que surgen entre las fisuras; entrar allí, era como caer en un agujero profundo y desolado. Finalmente había hallado un lugar en el que la navidad, con sus brillos impertinentes y sus muñecos colgados, no llegaba. La luz siempre era la misma, alumbrando mediocremente las calles; las paredes invariablemente grises, las ventanas mostraban los mimos muebles todo el año y, apenas si se veía gente. No había tenido que memorizar rostros. Nadie con quien hablar de las festividades.

Era martes en la mañana, un día idéntico a los demás. Se levantó y miró por la ventana, nada desemejante. Preparó el desayuno sin mayores adornos, nadas más que un cafe y un par de tostadas. Se vistió con un traje simple y deslucido. Al salir del apartamento, le pareció ver en el piso unos hilos de color y algunos puntitos brillantes, pero igual, tomó las escaleras y fue bajando lentamente hasta encontrarse con algo que no podía dejar pasar. Una maraña de cintas rojas estaba prendida a la pared. Titubeó, pero
continuó bajando. De lado y lado la marañas como sabandijas se multiplicaban. Algunas figuras inútiles sobre las puertas, y finalmente, al girar para encontrar la portería, sintió de golpe que todo se desmoronaba.

La silueta de un árbol le impedía avanzar. Se replegó hasta el apartamento y se refugió bajo la mesa. Las horas se fueron sucediendo. Si bien se empeñaba en creer que todo era idéntico al día anterior, no podía dejar de pensar en aquella silueta, se comía las uñas escupiendo pedazos y maldiciones. Ahora que estaba cerca, nada le impediría llegar… A la vez que que el reloj anunciaba las doce de la noche rompiendo el silencio de su ya quebrantado agujero, alguien tocó a la puerta. Se acercó temblando. Al abrir, una silueta adornada le sonreía (una sonrisa detenida y pesada), retrocedió precipitadamente y se lanzó por una de las ventanas que daba al patio. Su silueta quedó entrelazada en las cuerdas, balanceándose entre la penumbra. Sus ojos abiertos y opacos adornaban el silencio de un gesto horrorizado e inútil.
Texto: Marian Alefes Silva