23 diciembre, 2011

Excusas

Aunque no lo parezca, yo soy Papá Noël. No debió suceder jamás pero sucedió. Aquel año tenía mucho trabajo y me retrasé. Era época de vacas gordas y se notaba. Rudolf acusaba la edad y yo los quilos. Me refiero a los del saco, claro. He de decir que nada tuvo que ver en lo que acaeció y tampoco en el retraso acumulado, el barril de vodka sueco que me ayudaba a superar el frío de aquel crudo invierno.
Debí suponer que ellos tendrían el mismo trabajo o más. Este es, al fin y al cabo, su mercado y yo aún estoy ganando clientes con campañas agresivas de marqueting. Así fue como, por no esperarlo, después de dejar los regalos, choqué con él al ir a salir de aquella casa. Era negro como un tizón y me costó verle el rostro en la penumbra del salón. Iba solo. Resulta que debido a las previsiones ellos habían decidido adelantar entregas y además se habían repartido por zonas para ganar tiempo. Allí mismo, en la oscuridad de la magia interrumpida, en aquel instante suspendido que nos hizo arder nuestra mirada, supimos que ese era nuestro regalo de Navidad. Pasó lo que tenía que pasar y punto.
Desde entonces, y para mantener el anonimato, yo me disfrazo de papá y él del tito de Cuba y con alguna excusa inventada o forzada, cada año nos apañamos para, yo retrasarme y él adelantarse y así encontrarnos fugazmente en el calor de un salón aún con vida en la chimenea, en una opípara cocina mediterránea, en un frío balcón o en el almacén en el que nos acabas de sorprender, Miguelito.

Texto: Francesc López
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