04 diciembre, 2011

La espalda sin pared

Tiene ojeras en los brazos y un horizonte sin ojos. Y una espalda sin pared.
Ayer logró entender todo el mundo, cabalgó sobre él y lo arrodilló usando su radiante poder al servicio de la eternidad. Hoy sólo le queda el humo en la garganta del fuego de ayer, las sombras en la piel y el peso de la soledad. Hoy no entiende ni siquiera a sus manos temblorosas, a los que pasan de largo, al silencio de la papelina vacía.
No sabe si tiene los ojos cerrados o si ya ha vuelto a morir otro rato.

Texto: Carlos Díaz González