18 diciembre, 2011

Luna roja por Navidad

Foto: Miguel Ángel Brito

La Navidad siempre viene con luces rojas; rojos, azules, verdes destellos intermitentes. Parpadeos silenciosos olvidados por la noche cuando la ciudad se recoge, cuando a nadie interesa contagiarse de alegría prediseñada, cuando se limpia entre bastidores acabada la función preparando el escenario para la siguiente, cuando se entrevén los armazones del artificio. Y es que la Navidad descubre a impostores disfrazados de artistas con aires de originalidad repetida o descolocada, cuentistas de historias increíbles sin ficción, farsas del cortar y pegar.
A Eva le gusta la luz roja que anuncia la Navidad, la que tiñe la luna de diciembre, la legítima que
viene cargada de relatos inventados para cautivar a mentes fantasiosas, imposibles de no creer. La luna roja que lame los sentidos avivados en las noches más largas del invierno. El calor de la gente contenta aunque sea por respetar la costumbre, pero que propicia cálidos encuentros en otra fase, a veces en otra dimensión.
Luis andaba cabizbajo, se sentía abandonado por todos sus amores, paseaba regodeándose en su melancolía de doliente enlutado: el alma azabache, la mirada aguada, el cuerpo abrigado resguardándolo de los alisios navideños, no fuera a contagiarse de los fuegos fatuos que empezaban a tentarlo. No, no se dejaría seducir otra vez, no más. -¡Y esta hipocresía de felices fiestas…!
¡Eva! ¡Es Eva! ¡No me lo puedo creer! Está igual, como si no hubiera pasado el tiempo. ¿Café?
¡Pero si es Luis! ¡Qué guapo está! Pero no, con Luis no, que no, que ni se me ocurra…
Eva, no puede ser, con Eva no, que no, que no se me puede ocurrir…
La conversación fue disipando los nubarrones ya trasnochados en la mente de Luis y atrayendo las manos imantadas a rozarse, tímidamente, contactos furtivos que erizaban la piel, disimulados con rapidez –que no. Más palabras entrelazadas, más miradas intercambiadas, complicidades de viejos conocidos rescatadas sin esfuerzo –que no puede ser. Labios que se incendian al primer toque como sin querer, en estudiado movimiento –no puede ser lo que se me está ocurriendo. Y roces que se hacen tactos, y tactos que se hacen caricias, y caricias que despiertan deseos en noches ruborosas.
Luego, a solas, la luz atenuada del salón de Luis evitaba que pudieran leerse los miedos que intimidaban a ambos. Ella temía que su cuerpo desnudo la traicionara, ya no era tan joven, a él le inquietaba la traición del deseo desbordado que cosquilleaba en sus entrañas marchitas.
Se acariciaron lentamente sin dejar un resquicio por explorar, exhaustivamente, palmo a palmo, poro a poro. La piel reaccionaba temblona a cada roce, se sonrojaba, se estremecía con calores olvidados. La ropa desapareció sin dejar rastro. Los labios proponían besos rotundos, besos maduros del que sabe hacer. No hubo dudas ni titubeos, pudo ser, claro que pudo ser, no podía ser de otra manera.
La luna roja de diciembre no necesita más luces para brillar con colores de fiesta.
Texto: Ángeles Jiménez
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