20 diciembre, 2011

Recuerdo de Navidad

Mi mejor Navidad ocurrió hace un tiempo, después de interminables años, donde cada Nochebuena se repetía como un calco, esta era la primera que yo preparaba… también fue la última.
A pesar de las reticencias de mi madre conseguí que accediera a mi propuesta de organizarla, ella no confiaba en mis dotes culinarias ni mucho menos en mi espíritu navideño. El hecho de ofrecerle pagar el alquiler en una solitaria casita rural, donde celebrar el evento hizo que se aviniera a ello.
Reconozco que fue muy divertido preparar todo el tema. Lo último fue la invitación, donde les explicaba que asistir conllevaba una grata y única sorpresa.
Según iban llegando a la fiesta todos me preguntaban lo mismo: Julia, que se te ha ocurrido, qué sorpresa es esa… Yo sonreía y les decía: no seáis impacientes en los postres la revelaré. A regañadientes todos iban entrando y ocupando su lugar en la mesa.
Asistieron mis padres, tíos, primos… hasta un total de 25 personas mal avenidas, dispuestas a
seguir con una tradición absurda que obligaba a aparentar felicidad porque así lo marcaba el calendario. La cena transcurrió más o menos como cada Navidad, con velados reproches de antiguas rencillas que se lanzaban unos a otros, a la par que con una sonrisa se iban pasando las fuentes de comida.
Cuando llegó la hora de los turrones con algunos de los comensales más o menos achispados y somnolientos, tomé la palabra con unos ligeros golpecitos en mi copa de cava: Queridos, quiero haceros participes de mi nueva actividad, esta es la sorpresa que os tenía reservada, desde este verano me he convertido en una asesina. El mes de Julio cometí mi primer asesinato y desde entonces de una manera regular me dedico con entusiasmo a este hobby. Aguanté la risa al ver sus caras, todos sin excepción me miraban con la boca abierta, la modorra alcohólica había desaparecido por la impresión que la noticia había causado. Se pusieron a exclamar todos a la vez, atropellándose al hablar unos a otros. Con un gesto les hice callar Os digo esto porque para mí es una satisfacción anunciaros que nunca más tendréis que volver a celebrar esta fiesta, dentro de unos momentos estaréis muertos. Gracias y… ¡Feliz Navidad!
Antes del fatal incendio que devoró aquella casita con todos sus ocupantes dentro, hice la foto donde aparecen todos con sus cabezas hundidas en los platos y rodeados por el brillo de la decoración navideña. Es un bonito recuerdo de Navidad.
Texto: Elysa Brioa Escudero
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