18 enero, 2012

Como un monstruo insecto

"Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". ¿Quién puede empezar un libro con una frase así? Maldita sea, ¿cómo lo sigue, qué va a contar después de semejante oración? O era un genio o un necio el tal Kafka. Descubrirlo iba a tener que esperar pues el busca había sonado. Se puso los zuecos y salió al pasillo en dirección al quirófano. Allí le esperaba Andrés, colega de Miguel que también estaba de guardia esa noche.
—Hemos de intervenir a la de la 202, no hay manera de que retenga el feto.
La paciente era una embarazada primeriza que había llegado al hospital hacía unas horas con muchos dolores y sangrando. El feto era de tan solo veinticinco semanas, no había muchas posibilidades de que sobreviviera o de que,
en el mejor de los casos, no le quedaran secuelas. En esos momentos no se sentía orgulloso de ser médico, a pesar de su valía, de su puesto como cirujano jefe, de su experiencia no podía lograr que un embarazo continuara su desarrollo natural y lógico. Sólo le quedaba asistir en todo lo posible a la paciente. Del feto se ocuparían los de neonatología, ellos sabrían qué hacer.
Nada extraordinario, pura rutina, una intervención sin problemas, la madre en perfecto estado, el bebé a la incubadora y él podía regresar a descansar o a descubrir qué tipo de escritor era Kafka. Pasó por delante de la habitación 202. Llamó suavemente y entró.
— ¿Le pasa algo a mi bebé? —dijo asustada en un hilillo de voz afectada por los calmantes.
—No, no, todo va bien. Soy el doctor Miguel Moreno, quien le ha hecho la intervención. Sólo quería saber cómo se encuentra.
Ella lloraba, en silencio, como un ser resignado a su fin. Miguel se acercó, revisó los goteros y le tomó el pulso. Le preguntó cómo se llamaba, porque distrajera su atención de lo que él estaba haciendo.
—Natalia.
Natalia era muy joven, demasiado.
—Bueno, Natalia, de momento no tienes que preocuparte por nada. Tú estás estupendamente y tú bebé está en las mejores manos que podía encontrarse. Harán por él todo lo que puedan hacer y más. ¿Dónde está tu pareja o tu familia?
—No tengo pareja, el padre no quiere saber nada y mi familia no puede estar aquí cuidándome, ha de trabajar.
Miguel había acabado de tomarle el pulso, pero no había soltado la mano tan pequeña y suave de Natalia.
—Es una niña ¿verdad?
—Sí, es una niña. ¿Sabes que las niñas tienen muchas más posibilidades de salir adelante que los niños? —La frase no pareció alegrar en absoluto a la madre—. ¿No te alegra saberlo?
Entre lágrimas silenciosas Natalia le contestó:
—Me siento fatal porque por un lado quiero que mi hija viva y por otro, no. Ella es tan pequeñita, está tan indefensa y ni su madre la quiere.
—Lo que sientes es normal. Ten en cuenta que tienes todos los síntomas de la depresión postparto pues, al fin y al cabo, has parido. Tu situación tampoco ayuda mucho a que te sientas feliz. Pero esto pasará y cuando ella salga adelante, lo darás todo por bueno.
— ¿Usted tiene hijos?
—No, no tengo hijos —iba a decirle que no había tenido tiempo, que las mujeres nunca le duraban los meses suficientes…— siempre tengo mucho trabajo.
Natalia no le soltaba la mano. La agarraba con una fuerza sorprendente, como si fuera el único tablón al que sostenerse tras un hundimiento. Miguel deseó irse, volver a retomar el libro para saber cómo continuaba, pero no se atrevía a ser otra persona más de las que la habían abandonado. Esto estaba fuera de todas las atribuciones como jefe de cirugía del hospital, nunca lo había hecho con ningún otro paciente, pero no podía irse, no podía despertarse a la mañana siguiente sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Cogió una silla y se sentó al lado de la cama de Natalia.
—Dime, Natalia ¿cómo la vas a llamar?
—Aún no lo sé, temo ponerle nombre y que se me…
Miguel acarició su blanquísima mano y le propuso encontrarle un nombre entre los dos.
Y la mañana amaneció con un sol espléndido que iluminó a una plácida joven asida a la mano de un hombre.
Texto: ©Anabel Consejo Pano
Este relato aparece en TINTAS DISTINTAS del grupo 3d3