27 enero, 2012

La trapecista

Venía de algún lugar del este. Contaba que, en la infancia, el circo la fascinaba. Por él, lo dejó todo. Un día cogió un tren y atravesó media Europa. En el cabello rojo lucía una determinación casi tangible, una aureola de llegar hasta el final, fuese cual fuese.
Esbelta, delicada, ágil, cultivó su cuerpo por el mero placer de lanzarlo al vacío, una noche tras otra. Cruzaba la pista, sin red, sin cuerdas, mientras el público rugía de espanto. Sola, entre los carromatos del circo, la trapecista ensayaba números prodigiosos. Los perrillos amaestrados, el caballo blanco bailando un vals, el oso sobre el taburete… la contemplaban embelesados, como si fuera la mejor terapia ante la cautividad.
Los espectadores veían una cabellera en el aire y allí estaba ella, durante unos segundos eternos, desafiando la gravedad. Contorsionista y volatinera, se mecía entre los cables, los postes y los toldos remendados.
Una noche cayó.
Fue como si se quebrara de golpe la luz que irradiaba, como el fogonazo de un rayo sobre la lona del circo. Y allí quedó, sonriendo al destino, a las estrellas filtrándose por las grietas, a los funambulistas que, como ella, retaban al magnetismo terrestre. Siguió sonriendo, rota y desarticulada, mientras se la llevaban. Alma de poesía, cuerpo de mariposa.



Texto: Virginia González Dorta