17 enero, 2012

Luciérnagas en el jardín


Deambulaba por la casa arrastrando los pies, preso del desaliento, totalmente abatido, con la angustiosa sensación de que la sequía de su mente se estaba eternizando. Observó con extrañeza el escenario, ajeno a su manía por el orden; la papelera desbordada vomitaba los sobrantes de su contenido al suelo en un reguero de notas arrugadas, como si se encogieran avergonzadas de su contenido; sobre la mesa del escritorio, yacía el cenicero atestado de colillas estranguladas a medio usar, testimonios de esa dicotomía interna propia de un exfumador relapso consumido por la ansiedad de las largas noches de espera. La casa entera gemía de ausencia; era el momento de buscar ayuda en sus moradores silenciosos: los libros, nunca se deshizo de ninguno, 
los amaba, a cada cual por algo diferente. Escogió uno al azar entre sus “favoritos” y se acomodó en el sofá; lentamente, como quien saborea una exquisitez, consumió poco a poco la lectura sintiéndose reconfortado; el frío de la soledad en la que lo había sumido su ausencia se fue disipando. Aunque presentía que esta vez el abandono era definitivo. 
Hoy, el vecino, un joven y exitoso escritor, le había invitado a la presentación de su nuevo libro. Una vez allí, todos sus temores se confirmaron; se plegó sobre sí mismo como si lo atravesara una daga afilada en el instante que escuchó el título: “Luciérnagas en el jardín”; ¡eran sus “luciérnagas”! las guardaba celosamente para el lanzamiento de su próxima obra; ¡nadie más lo sabía! Comprendió entonces con quien se había fugado su Musa.
Texto: Maria Isabel Machín García
Narración: la Voz Silenciosa