08 enero, 2012

Sintonía


A veces, cuando pongo la radio, me viene a la cabeza mi abuela, y la veo acercando la oreja al viejo aparato a galena que presidía el comedor.
Nunca fue muy fina de oído y el ronquido desentonado del viejo transistor, que a duras penas sintonizaba poco más que Radio Nacional, no le ayudaba precisamente.
Pero, por muchas dificultades que tuviera para escuchar las noticias o las coplas que fluían por el aire como si de magia se tratara, jamás dejó de encenderla.
Atendía con concentración de escolar aplicado, suspiraba al sentir la música que conmovía su corazón, lloraba con las cuitas de los protagonistas de la novela y reía con las ocurrencias de Pepe el Zorro.
De vez en cuando mascullaba frases que nadie lograba entender pero que a buen seguro formaban parte de una conversación unilateral con los que hablaban detrás del altavoz del transistor. Seguía con fervor el rezo del rosario y asentía vehemente con la cabeza para darle la razón al locutor, si es que estaba de acuerdo con lo que decía, o se la oía rezongar cuando cualquier comentario le disgustaba o si no entendía algo.
—¿Qué pasa, madre? —preguntaba entonces la tía Paquita, la soltera, sin levantar la mirada de la costura que entretenía sus tardes hueras.
—Que no sé lo que marmulla ese hombre… ¡qué trabajo le costará hablar bien!
Y pegaba más la oreja al aparato, obstinada en comprender algo.
Justo como yo, que me pego a ti, intentando sintonizar lo poco que queda entre nosotros.
Texto: Ana Joyanes
Ilustración: Segismundo Rey
Narración: La Voz Silenciosa