06 febrero, 2012

El rostro de la ausencia.

Los últimos vendajes sanguinolentos se derramaron en el suelo. Vi el nuevo rostro de mi hermana. No era ella, no eran sus ojos grandes y granates, ni estaban sus cejas gruesas; había desaparecido la punta respingona de la nariz; los labios acorazonados se extinguieron en líneas breves y los pómulos se escondieron de su dibujo.

Me sorprendí, con enfado, de mi sudor inquieto ante aquella desconocida, que no lo era, era mi hermana, desde que empezó la vida, la nuestra; la que era una fotocopia del rostro de papá, el que murió cuando éramos niñas. La familia, los amigos, los de nuestro afecto, lloraban al verla, a aquella niña. Destilaban congestión, suspiraban bajito y lamentaban al difunto; hasta mamá
apartó su mirada ella. Nunca quiere fotografiarse, pues ya era un retrato vivo.

Decidió liberarse de la escultura de sus rasgos, que nunca fueron de suyos, sino de la ausencia. Pero se paralizó conjurada ante el espejo. Yo esperaba la reacción de aquel extraño rostro. Salí de la habitación unos metros hasta el dispensador de café, pero no llegué; gritó un cataclismo de vidrios rotos en la estancia. Al abrir la puerta, ella se dibujaba una malla de rayones de sangre, con porciones de espejo, en sus rasgos inéditos. Era su castigo por haber matado a papá de nuevo, al borrar aquel rostro.

Texto: Fátima Martín Rodríguez
Ilustración: Fátima Martín Rodríguez