25 marzo, 2012

Besos


Frente a frente. Dos caras aproximando su posición en el espacio, muy despacio, hasta que el propio espacio entre ellas se colapsa y dos narices colisionan como antesala a la explosiva unión de unos labios que buscan anhelantes a los que viajan, desbocados, en sentido contrario. Qué sinsentido, dos apéndices prominentes, actores secundarios en la película del beso, que comparten el honor de ser los que inician el contacto, los que avisan del inminente caos hormonal, cuando esos rostros ciegos de luz y de pasión acercan su boca guiados únicamente por el caluroso susurro de frases entrecortadas.
Un olor perfumado y sensual puede desencadenar la batalla; las narices advierten al cerebro, a través del olfato, de que el viaje sin retorno incrementa su velocidad. Y ambas narices se palpan, se rozan, se superponen, luchando a sabiendas de que su fugaz contacto

es un simple cartel indicativo, un aperitivo infinitesimal que culmina un segundo más tarde y dos centímetros más abajo con una húmeda fusión a mil grados en la que labios y lenguas se entrecruzan, aparentando un todo que por momentos quisiera ser eterno.
A partir de ese instante el protagonismo nasal se torna de nuevo imprescindible, por ser el único modo, a su través, de mantener viva y presente la respiración que un momento antes parecía ahogarse, creyendo de alguna manera que se iba a desvanecer. Y esas narices respiran, jadean, calentando un aire ya de por sí incendiado de caricias y deseo. Y desean volver a contactar, consiguiéndolo, aplastadas por una amalgama de dos rostros de los que se han caído, rendidas, unas gafas.
Cuando ese cortometraje tan largo llega a su fin, queda la nariz como testigo último del maravilloso abordaje, resistiéndose a abandonar el barco, actuando ahora a modo de caricia, de toque final de complicidad. Como si una cara se rebelase, anclada de modo nasal, negándose a perder el contacto con la otra. La cabeza se retira, marcha atrás, tratando de imponer la orden general de “vuelta a la calma”
Dos narices enfrentadas, durante el tiempo de un parpadeo. Una simple nariz: la tenemos en medio de los ojos, pero es poco visible a no ser que se busque frente a un espejo. Resulta curioso que uno sea más consciente de su propia existencia durante un beso; un bello acto que se lleva a cabo, sobre todo, con la boca…

Texto: Miguel Ángel Diaz Fuentes
Narración: La voz Silnciosa
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