27 marzo, 2012

Cristales rotos


La vi esperando en la salita de los Servicios Sociales nada más llegar, llamaba la atención. Su sombrero adornado con flores secas parecía confirmar la primavera recién estrenada. Secas de necesidad, llevaba el mismo sombrero desde hacía décadas, igual que faldas estampadas, de flores, de retales, de colores contrastados a rabiar, largas, con calcetines blancos hasta las rodillas para combinar con el blanco azulado de su tez. La piel trasparentaba los tonos violáceos que dejaba la sangre fluyendo debajo, quizá tratando de robar algún rayo de sol escapado a los atardeceres que ella prefería para darse a la calle. Siempre cubierta de ropa, tapada como para no contagiarse del paso del tiempo, suspendida en el tiempo sin tiempo porque ya pasó. Pero qué la habría apartado de la vida para aislarse detrás de un cristal que no permite mirar a su través, un cristal que amenaza con romperse si se consiente el intercambio. Me contaron que de joven trabajaba como criada en una casa de ricos:
limpiar, lavar, planchar, cocinar, cuidar a los niños y dejarse hacer por el señor que hacía con todas cuando le apetecía hacer y deshacer, cuando se le antojaba deshacerse hasta vaciarse en ellas sin pedir permiso, ejerciendo los derechos de no se sabe qué ley que nunca pudo leerse porque nunca antes pudo escribirse.De estos encuentros encubiertos surgían a menudo resultados descubiertos de manifiestos rasgos heredados que correteaban por la casa sin padre pero con muchas madres y el parentesco desdibujado en la crianza comunal. Cuando alcanzaban la edad suficiente para educarse, el señor absoluto les arrebataba a los varones para enviarlos al internado donde se formaran como dignos hijos suyos que perpetuaran la estirpe. De las hijas nunca se ocupó, destinadas al vasallaje, consiguieron sacudirse imposturas con el cambio de los tiempos para gobernarse solas. Pero Asunción solo tuvo varones, dos, que crecieron repudiándola por criada, pobre y puta. Avergonzados de su ligera madre, jamás quisieron tratos con ella, indigna de su linaje paterno. Por eso se disfrazó, para disculpar a los hijos que en el fondo tenían razón: atuendo farandulero para apuntalar la farsa.
Texto: Ángeles Jiménez
Narración: Susana Santamarina