31 marzo, 2012

El sueño


Junto al tronco del árbol, en una silla baja de cordeta, la abuela teje peucos para lo que ha de llegar pronto: un par de color azul por si es niño y otro de color rosa por si es niña.
Tres chiquillos corretean persiguiendo mariposas amarillas. Mordisquean con hambre de salud rebanadas del pan que amasó la madre, mojadas en vino y escarchadas de azúcar, luego se arraciman junto a la abuela, que ha dejado la labor sobre la falda.
Tres cabezas de oro y una
Donde ha nevado la luna
Las manos de venas trasparentes deformadas por el tiempo y los trabajos acarician las cabezas rubias. Las niñas, trenzas con lazos de cinta roja, él pelo corto y liso. Runrunean suavemente a la caricia de los dedos frágiles.
Otro cuento más, abuela. Que mañana no hay escuela…
Suspira con fingido cansancio y se hace de rogar mientras disfruta el cariño que los niños le regalan, lo más hermoso que le queda desde que murió el hombre dejándole el corazón dormido para siempre.
Pues señor, este era el caso…
Va desgranando las mismas historias, mil veces repetidas, que los ojos azules espían abiertos como platos, advirtiéndole cuando se aparta del guión que conocen de memoria.
—No abuela, que no eran chinas lo que Garbancito dejaba, eran migas de pan que se comieron los pájaros, ¿ya no te acuerdas?
La abuela, con paciencia ancestral, compone el relato de nuevo.
Las tres cabezas hermanas
Cayeron como manzanas
Maduras en el regazo

Texto: Mariano Sanz Navarro
Narración: La Voz Silenciosa