15 marzo, 2012

El talento de Rebeca


Rebeca necesitaba un par de narices para conseguir aquel puesto de trabajo y, tal como estaban las cosas, le iba la vida en ello: La vida, la hipoteca, la letra del coche… Para conseguirlo necesitaba competir con veintisiete candidatos que venían de diferentes zonas de España. Se medirían en el hotel Silken de Madrid, ante cuarenta esbeltas figuras de vidrio de diversas tonalidades y sutiles aromas. Tenían que demostrar un talento prodigioso. Además de ofrecerle un buen puesto de trabajo al ganador, le obsequiaban con una estatuilla de oro, pues era una suerte de concurso. Algunas de las pruebas se hacían con los ojos tapados, a modo de cita a ciegas con el objeto en cuestión. 
Se pasó semanas ensayando, sin pasarse, cuando le daba la risa floja paraba y se ocupaba de otros asuntos menos arriesgados. Un día que se le fue la mano acabó en el portal de la casa de su novio cantándole el “Asturias patria querida” al portero automático, con el consiguiente disgusto de Armando que estaba hasta las narices de la vocación de Rebeca. Las discusiones entre ellos eran frecuentes: ¿Pero es que no puedes tener un trabajo normal como todo el mundo? –le gritaba él. A lo que ella respondía que lo era y que no podía desaprovechar una aptitud que le venía de familia, pues ya su padre y su abuelo se habían dedicado a ello durante toda su vida.
Cuando llegó el día, Rebeca se presentó en el hotel con sus mejores galas y entró con paso firme en busca de la victoria. Salió de allí con la preciosa estatua: una nariz de oro y un puesto de sumiller en la mejor bodega del país.
Texto: Lucrecia Hoyos Piqueras
Narración: La Voz Silenciosa
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