11 abril, 2012

Auge y caída del naricismo


Al principio no le dio importancia, pero los espejos se empeñaron en hacérselo notar: tenía algo peculiar, algo único que le diferenciaba de los demás. Con los años caería en la cuenta de que no sólo era diferente, sino que aquel pequeño gran detalle le hacía mejor; no, mejor no, ¡superior! Comprendió que aquel don le había sido entregado por un motivo, no podía ser sólo una casualidad.
Que una hueste de adeptos le siguiese ciegamente sólo era cuestión de tiempo; de ahí a la difusión a escala mundial de su mensaje sólo distaba un empujón, que llegó en la forma de una entrevista en televisión en horario de máxima audiencia. Quienes hasta entonces habían guiado los designios del planeta, cómodamente sentados en sus despachos, no fueron conscientes de la magnitud de la amenaza que se cernía sobre el sistema que habían establecido hasta que fue demasiado tarde. Pronto no fueron más que un recuerdo del pasado.

La democracia dejó paso al monopartidismo, y las fuerzas paramilitares tomaron las grandes avenidas de todas las grandes urbes con sus interminables desfiles, donde hacían gala del poder que ostentaban. Quien no estaba con ellos, estaban en su contra, y era apartado de la sociedad para convertirse en un paria cuyo único destino pasaba por la eliminación.

Todo cambió el día que el líder supremo del movimiento decidió adornar su labio superior con un ridículo bigote. Ayudaba a desviar la vista de su nariz, y quienes le habían seguido fielmente como acólitos comenzaron a comprender que más allá de su prominente apéndice nasal, se escondía una persona normal y corriente.

Texto: Juan José Tapia Urbano

Narración: La Voz Silenciosa
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