07 abril, 2012

El ladrón de aromas

Su último golpe fue el más sonado. Realmente fue su golpe estrella.
Dejó la bodega más importante de toda La Rioja con sus prestigiosos caldos, devaluados, sin aroma.
Se deleitó recordando otros golpes como el que dio en una importante casa de perfumes muy famosa en París, y el de la fábrica de encurtidos, y el de los abonos minerales... Y qué decir de las floristerías...
Sin embargo, ahora su vida era un martirio pegado a su nariz prominente e inútil: un miembro que no merecía sino ser castrado, un estorbo en mitad de la cara que no le servía ya ni para deleitarse con el olor de su caldo preferido.
Además estaba lo otro; desde que perdiera el olfato su nariz no paraba de moquear y moquear como si estuviera expulsando el fruto de sus años de robos de la forma más repulsiva; nadie se le acercaba porque aquel líquido que expelía constantemente contenía tal mezcla de olores diferentes, que se hacía irrespirable.
La añoranza coló una lágrima en su pañuelo mientras lo acercaba a su nariz, una vez más.


Texto: Yolanda Nava Miguélez
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