07 abril, 2012

Sin olor


Es desconcertante no tener ningún sentido, más asombroso aún si todos se agolpan en uno sólo y este, un día desaparece, sale corriendo asustado, deseando no ser más el protagonista.
A mi me gustaba oler, oler a los hombres. Saber que mi padre olía a fuerza, a seguridad, que mi hermano destilaba fragancias de vida y movimiento, que mi vecino exhalaba alegría de niño travieso.
Era interesante averiguar por qué mi compañero de clase a veces olía a duda y, a veces, a nervios, por qué el profesor olía a mujer y mi abuelo a curiosidad.
Llegó el momento en que mi cuerpo dejó de transmitir niñez y, el olor a los hombres se tornó intenso, agradable y deseado. Hasta aquel día en que el miedo se hizo hombre y el olor se volvió frio y sordo. Mi sentido se resquebrajó por la inconsciencia de una mano helada y sin olor.
Se desvanecieron las ganas de seguir oliendo, huyeron aterradas, se encerraron tras las puertas de una vida sin nariz.
Texto: Inma Vinuesa

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