04 abril, 2012

Intriga en la oficina


Hora de salida y el fin de semana por delante para hacer lo que me dé la gana. 
Mis compañeros se hacen los remolones, como si aún les quedara faena. Después de 10 horas, cinco cafés inmundos de máquina, un sándwich vegetal reseco y dos bebidas energéticas para mantenerme despierto, tengo muchas ganas de irme, pero prefiero esperar un poco y no dar mala imagen siendo el primero. Marta ya está recogiendo; parece que sí, que se anima. Antonio la observa con el rabillo del ojo y procede a desconectar el ordenador. Jordi, el pelotillero, sigue utilizando su teléfono aunque nadie le conteste. Ana me mira y, como si adivinara lo que pienso, sonríe. Le devuelvo la sonrisa y levanto la ceja izquierda, a la vez que resoplo. Marta se levanta, tras haber dejado su mesa tan limpia y ordenada que se puede comer en ella y se dirige al baño. Habrá que aguardar algo más. Antonio fija su atención en mí y queda agazapado, a la espera de lo que yo haga. Entra el director comercial, Sr. González, como acostumbra cuando termina la jornada, con gesto serio como siempre que pretendemos irnos y habla con Jordi, que le responde con movimientos de cabeza, negando. Ana también se va al baño. Decido levantarme, pero el Sr. González, hábilmente, me hace una seña con la mano izquierda para que me detenga, aunque sigue
atento a lo que le dice Jordi. Antonio pretende aprovechar la coyuntura y hace ademán de irse, pero la habilidad del Sr. González no tiene límite y también le da el alto con la susodichamano, que parece multiplicarse. Un incipiente estado de ansiedad se apodera de mi estómago, que empieza a emitir sonidos inconvenientes y Antonio sonríe de puro nervio. Cinco minutos después, Ana y Marta salen del baño, casi de la mano, recogen sus cosas, se despiden y se van.Lo que termina de encenderme es la guasa que se traen ambas féminas con nosotros y eso hace que estallen mis entresijos. Recojo mis cosas, voy a la mesa de Antonio, le cojo de la mano y casi le empujo hacia la puerta, ante el asombro del imperturbable, hasta entonces, Sr. González. Con un par de narices le decimos adiós y en un instante estamos en la calle, camino de la felicidad, no sin antes separar pudorosamente nuestras manos entrelazadas y dedicarnos una tímida sonrisa.
Texto: Fernando Gessa Rivas
Narración: La Voz Silenciosa
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