06 abril, 2012

Un final inodoro

Supongo que aquí dentro hay más cosas, pero no las recuerdo. Sólo me viene a la memoria la repugnancia del pescado descompuesto, la grasa y las vísceras de los puercos destripados sin compasión, y la mierda cagada por los millones de váteres con la banal pretensión de disimular la mugre inhumana de esta ciudad mediocre. Los vómitos se estaban sucediendo, así que la única salida ha sido reventarme la nariz a golpes contra las paredes del estercolero. De repente, oscuridad total. Creo que me he desmayado. Y minutos después, mi sangre en mi boca, en mis labios, en mi lengua. Sonrío por la fugaz felicidad. Moriré contento, aunque mis muñecas sigan maniatadas a una soga ardiendo sobre llagas moradas. “No volverás a meter las narices donde no debías, bastardo”, ha sido la última frase de! l maldito hijo de puta. Pensar en mi asesino es fácil, es pensar en el mafioso más apestoso de la Costa Este, es pensar en mi padre. Desde bien pequeño pude husmear el odio supurándole por culpa de mi existencia casual, y su deseo casi incontrolable de matarme a sangre fría. Siempre lo notaba. Un polvo enfermizo le había jodido la vida. Necesitaba
incrementar exponencialmente la intensidad de cada paliza rozando, día tras día, la fina línea que tantas veces ambos estuvimos a punto de cruzar. Pero el ángel de la guarda en forma de yonqui chivato apareció un martes cualquiera. El mono descontrolado y unos gramos de paz fue suficiente para denunciar al camello del suburbio. No me alegré de su detención, me dio igual, ya tenía la rutina muy asimilada. Pese a todo reconozco que los años siguientes en el centro de acogida fueron simplemente mejores. Jamás miré atrás, y no me arrepiento, aunque verle la cara justo cuando se enteraba de mi nueva profesión hubiera! sido glorioso. ¿Le dolería más la noticia en sí, o las penetraciones anales endosadas en las duchas de la cárcel con un lubricante muy seco: dar por el culo al padre de un poli?... Vuelvo a abrir los ojos suspirando. Apenas me quedan fuerzas. Estoy al límite. La bala en la espalda trabaja a la perfección. Y las ganas de mendigar horas de mísera vida han desaparecido. Me percato del trozo de piel inerte que cuelga del centro de mi cara y respiro profundamente. La muerte no huele a nada.
Texto: Miguel Alayrach Martínez
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